Educación y afecto se ven en Campo Valdés
LA INSTITUCIÓN EDUCATIVA Campo Valdés, desde hace dos años, no es la misma. Con el fortalecimiento de la convivencia lograron repeler las problemáticas que, desde el exterior, los minaban.
La profe Sor Margarita aún tiene vivo el recuerdo. Un tumulto de muchachos le daba una tunda a un personaje del barrio que, desde meses atrás, asediaba a una jovencita. "Aquí el que la hace la paga", decían.
Corría 2001, y en la Institución Educativa Campo Valdés, ubicada allá en la calle 83 con 47, donde empieza a despuntar la comuna nororiental, el conflicto de la zona había permeado las estructuras de la educación.
Era tal la situación que los profesores eran visitantes continuos en las EPS, donde ya los conocían. Era mucho el estrés.
"Esto parecía una jaula, todos los días había peleas y no se respetaba a los docentes. La problemática que había en el sector se metió totalmente al colegio", cuenta Sor Margarita Delgado, profesora de la institución.
Así, bajo esas condiciones, se dictaron clases durante casi un lustro. La pedagogía no lograba calar en los adolescentes que respondían de acuerdo con la corriente de una sociedad que vivía en conflicto, el cual registró sus picos más altos en 2003.
Pero con la llegada de la rectora Yolanda Rendón en 2009 -destacan los mismos profesores-, la cosas empezaron a cambiar. El plan fue simple: "Había que apostarle a actividades que los sensibilizaran frente a la realidad social", afirma con convicción la rectora.
Pero para realizar ese trabajo, era necesario conocer la realidad de los muchachos. Saber qué es lo que ellos primero ven cuando abren la puerta de la casa y salen a la esquina. Apunta la directora que "estamos en una zona donde hay bandas de todo tipo; hay expendio y consumo de drogas".
Con esos antecedentes, la estrategia comenzó. Empezaron con embellecer la estructura del colegio, pues las afueras hacían las veces de botadero de basuras. Eso generó respeto por parte de la comunidad, que ahora vela porque no se arrojen deshechos allí.
Se crearon espacios donde los estudiantes desarrollaran autonomía y responsabilidad, fungiendo como profesores y directivos. Trabajos sociales, como pasar un día con los ancianos de un centro de atención que hay en el barrio.
Esas actividades empezaron a incentivar la convivencia. Así, las peleas menguaron, lo que antes identificaba a la institución empezó a desvanecerse. Por ejemplo, las cuatro amenazas a profesores que se presentaron hace más de dos años, quedaron en el olvido.
Pablo*, un estudiante de grado once y su compañero Esteban*, han tenido ofertas para trabajar en los combos, "jibariando y cuidando. Está la posibilidad de tener las niñas y la moto, pero no. Vida fácil, vida corta. Por eso queremos estudiar, esa es la única vía, es lo que hemos aprendido".
Los estudiantes siguen corriendo el riesgo de que esas ofertas los atrapen. Gonzalo Roche y Ángela Londoño, profesores, reconocen que los problemas son muchos, pero creen que la educación con afecto, salva.
*Nombres cambiados para proteger a los personajes.