Histórico

EL CASTIGO SALVADOR

22 de diciembre de 2013

Algo tenemos que estar buscando con el castigo, pues lo invocamos de manera continua como cura mágica de muchos males. Me temo que se trata de una peligrosa muletilla a la que acudimos cuando no sabemos qué hacer con un problema. Es una seria irresponsabilidad utilizar el castigo –o mejor dicho, la amenaza del castigo– sin considerar todo lo que se desprende del enaltecimiento de sentimientos de venganza, odio y rencor como valores sociales trascendentales.

Hoy es un lugar común en la política dar nombre a un problema y recetar una salida inconexa con sus causas a manera de solución: su castigo. Este es expresivo, desentierra poderosos sentimientos de dolencia y solidaridad, y genera una falsa conciencia de que se está haciendo algo para atender los problemas.

No hay que pensarlo en abstracto, los problemas que reciben la receta punitiva son muchos, por ejemplo: el abuso del alcohol y las drogas, la inasistencia alimentaria, la violencia intrafamiliar, o los desórdenes estudiantiles y de movimientos sociales.

Sin preocupación alguna por las complejas dinámicas sociales que desatan estos problemas, su tratamiento es evitado, limitándose la respuesta a la atención de los sentimientos de agravio e indignación social mediante la capacidad expresiva y emotiva del castigo de unos cuantos pecadores (o, al menos, de quienes parecen pecadores).

El proceso tiene gran calado, puesto que involucra emociones vigorosas de resentimiento y una distorsionada pero ferviente creencia en que el castigo sirve como expiación y remedio. La moral –en particular, en sus expresiones religiosas– sirve de base para las operaciones racionales y emocionales que son necesarias para creer que con el castigo resolvemos los problemas. Es una base fuerte; aunque heterogénea, su conducto lleva a un aplastante aval del castigo como salvación.

Como pocas cosas importantes en la vida social, el castigo despierta pasiones. Todos tienen alguna noción sobre quiénes deben ser castigados. Las particularidades del cómo se castiga son fastidiosas y, por ende, se ignoran. De esta manera, se expresa el deseo de castigo, se imparte condena sobre algunos y se refuerza una enfermiza cohesión social en torno al sufrimiento de otros. La mecánica del castigo y todos los efectos perversos que surgen de este quedan por fuera de cualquier consideración social y política. En la sociedad contemporánea, la declaratoria del castigo concentra la atención ritual de la audiencia, a diferencia de momentos pasados durante los cuales el regocijo se producía en la plaza pública ante el espectáculo del dolor.

Hoy, el acto ritual y el de mayor atención social es la declaratoria del castigo como respuesta a ciertas conductas. Impartida la condena, los sujetos castigados pasan al olvido, en el opaco mundo de la prisión. La institución del castigo no vuelve a ser evaluada, salvo algún escándalo que no se logre oscurecer. Y, créanme, los profesionales del castigo (en Colombia) son magos del oscurantismo.

Al cierre del año, la política nacional vuelve a vanagloriar la institución del castigo. El gobierno y el Congreso celebran la aprobación de leyes para castigar más y mejor castigar. El castigo se torna en la salvación de burócratas y políticos que proclaman que algo se hizo en contra de los grandes males sociales. Sin embargo, los problemas descienden aún más en el hueco del olvido. En esta temporada decembrina, el uso de los discursos perseguidores y salvadores sabe a mierda. Con esto cierro: ¡qué triste…