El Chagualo recibe hasta al perro de Sebastián
Son las cinco de la mañana y para Sebastián Giraldo el día ya comenzó. El frío del amanecer de Santa Rosa de Osos no impide que el pequeño de trece años ordeñe las vacas de su finca al lado de su padre.
A las siete desayuna, se pone el uniforme azul y parte para la escuela. Lo espera un recorrido de cinco kilómetros por carretera destapada hasta el Centro Educativo El Chagualo, en la vereda de ese nombre.
La rutina diaria de Sebastián es similar a la de la mayoría de sus 37 compañeros: desplazarse a pie desde diferentes veredas para llegar al centro educativo y acompañar a sus padres en las tareas agropecuarias, al tiempo que las niñas se inician en las labores de la cocina.
Sebastián, que sale con su hermanita Jacqueline y un particular acompañante, se encuentra en el camino con dos compañeros. Por la carretera detrás de ellos nunca falta Peluche, un viejo y desaliñado perro que también asiste a la escuela pues no abandona al niño en toda la jornada.
El camino no es fácil, pero ofrece una vista hermosa, por lo que el trayecto de hora y media se hace llevadero.
A siete kilómetros de la cabecera de Santa Rosa de Osos se divisa la pequeña escuela. En medio de la montaña y con pocos vecinos se levanta El Chagualo, una estructura sencilla de puertas azules. En la parte trasera la maleza tapa lo que fue la huerta escolar y, al lado, la batería de sanitarios quebrados y de mal aspecto.
Dos salones con pupitres deteriorados, una sala de lectura, doce computadores, una modesta cocina y una mesa con cuatro sillas plásticas que hace las veces de comedor conforman el mobiliario de El Chagualo, enseres que se trata de proteger, pues desde su inauguración en 2002, les han robado dos veces y hasta sin cucharas los han dejado.
Sebastián, de quinto, y Jacqueline, de tercero, ingresan al mismo salón y comparten a la profe Angélica Álvarez. En el centro, que trabaja bajo la modalidad de escuela nueva, la joven profesora enseña de primero a quinto.
Los niños concentrados trabajan en sus módulos mientras Peluche con la lengua afuera se ubica debajo del pupitre de Sebastián hasta la hora de descanso para salir a saltar entre los niños.
La mascota forma parte ya del alumnado: en las obras de teatro siempre tiene un papel separado: oveja, vaca o el personaje que se necesite cubrir.
Angélica pasa de puesto en puesto atendiendo las dudas, pero se concentra sobre todo en los de primero.
-Son niños que llegan a recibir clases sin haber cogido jamás un lápiz, afirma para explicar lo difícil que resulta el aprendizaje para ellos, que nunca pasaron por preescolar.
El estudio para Sebastián, su hermana y sus amigos es gratis. Están en Sisben 1,2 y 3 y los cobija la política de gratuidad de la Gobernación de Antioquia. Los cuadernos son donados por una empresa privada y la papelería se consigue con un aporte anual de 10.000 pesos por niño.
-En este escuela se hace fuerza hasta para comprar una tiza, comenta Angélica.
A las 12, el descanso. Todos salen al patio delantero a inventarse sus juegos. En la escuela no hay ni un lazo ni un balón. Algunos piden permiso para usar los computadores. Con Internet dejan el pequeño mundo en el que habitan y unos pocos se sientan a comer el almuerzo que han traído.
En este primer mes del año aún no tienen restaurante escolar. Esperan que en una semana comience a llegar el mercado que entrega el programa Maná de la Gobernación con el ICBF y aportes del municipio.
El mercado es mensual, la carne quincenal. Las legumbres se compran con 2.500 pesos semanales que entrega cada uno. Cuando Sebastián no tiene, aporta legumbres que cosecha con su padre.
De regreso al salón, la ultima lección, apuntan las tareas para el otro día y organizan la escuela. A las tres salen de regreso a casa. El viaje es largo y la mancha azul se va disolviendo por el camino.
Detrás de los niños, una cola se menea de lado a lado. Peluche también terminó clases por hoy.