El cine salva a los caporales
Hace cuarenta años desapareció esta tradición, se la llevó el progreso. Era una gesta consuetudinaria, practicada por hombres de a caballo y sombrero alón. Atravesaban la Orinoquia, desde Arauca, dejando atrás al Casanare, para terminar en Villavicencio. Arreaban miles de reses que luego se comercializaban en la capital del Meta.
Eran tropas de vaqueros que dejaban en el camino los jirones de sus ropas, se tapaban al final solo con una manta cruzada y llegaban a la ciudad a comprar camisa, pantalón y sexo. Dieciséis hombres bastaban para controlar el paso arisco de las recuas, durante los cuarenta días que tomaba la travesía. Y unas pocas mujeres que servían el café y sabían descuartizar sin desperdicio los animales malogrados.
Celajes de tierra levantadas por la vacada blanqueaban sus cabezas. Los caporales o jefes de la expedición descalza anotaban la contabilidad de los treintaidós ríos y quebradas que había que vadear. En las aguas acechaba el caimán negro, que cobraba presas no solo entre el ganado sino en la humanidad de los conductores.
Por eso a este camino largo lo llamaban "A Villavicencio? o al cielo", en parte porque la meta era la ciudad o la muerte, en parte porque esos hombres amaban su paraíso de libertad, música y canto. Todavía no sonaban las arpas en ese Llano marcado por el diapasón de los cascos.
Eran las guitarras, acompañadas por los capachos, las que daban moldura a las voces. Las canciones fueron hechas para comprensión de los toros y de los novillos. Las bestias obedecían a las altas frecuencias de las gargantas que las apacentaban. Los joropos se componían en las noches del chinchorro, pues los llaneros no duermen en camas.
Estas marchas de cascos de vacuno y equino, guiadas por hombres de horizonte infinito, acaban de ser salvadas de la distracción de los siglos por las imágenes de una realizadora de cine de Villavicencio, Soraya Yunda, quien también es artista plástica y ante todo una amadora de su Llano.
Entrevistó con la cámara a los últimos Mohicanos de los viajes de ganado, viejos de cien años, de bigote entorchado, cotizas negras y nombres cifrados como el de Trino Sixto Torres. Y los convirtió en eternos, en los cincuenta minutos de "A Villavicencio? o al cielo", un documental donde se revive este éxodo, que dejó de suceder porque a comienzos de los años setenta los camiones y los barcos transformaron las maneras y las canciones.