Histórico

El continente de las causas perdidas

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25 de noviembre de 2008

No hace tanto tiempo, hace apenas unos treinta años, la gente hacía todavía cosas sin pensar en el dinero. Los jóvenes se comprometían en algo que hoy es desconocido: causas. Se gastaban los zapatos, la juventud y los entusiasmos en movimientos para tomar el cielo por asalto. No hubo cielo, no hubo toma, tampoco asalto, pero la vida se entregaba en aras de una ilusión gratuita.

El último pensamiento que se consideraba al ingresar en estas expediciones maravillosas era el de cuánta plata se iba a ganar. Se vivía de milagro, se comía a las carreras, se vestía casi con harapos, se dormía en covachas. Pero se tenía la conciencia de los salvadores, de los destructores del horror, de los furibundos hacedores de hombres nuevos.

Aquella juventud desnuda no consiguió el goce de sus ilusiones, pero experimentó por entero la alegría sin precio de los creadores y de los confabulados. Luis Buñuel fue uno de ellos, quizás un pionero de esa tropa. Así recordó sus ímpetus: "no creo haber hecho nunca algo por dinero. Lo que no hago por un dólar, no lo hago ni por un millón".

En el lapso de una generación, estos quilates se rompieron. Hoy todo se hace únicamente por dinero y nadie sabe lo que significa despreciar el pago. La humanidad ha sido amputada de quijotes, y aún no ha advertido la pérdida de aventuras que esta mutilación conlleva.

Un empobrecimiento asedia a las nuevas hornadas de hombres y mujeres, pues para ellos todo es comprable y vendible. El orbe se ha reducido a los billetes con que se deja comprar lo comprable del orbe. Y no es solamente el cariño verdadero el que ni se compra ni se vende. Hay un universo insospechado de realidades impenetrable a los halagos del oro, y ese universo está vedado para los ávidos perseguidores del metal.

La pregunta que rueda actualmente en la calle no se refiere a si algo se puede comprar, sino directamente a cuánto vale eso que supuestamente siempre se puede comprar. Como se cree que todo se puede comprar, entonces la única discusión estriba sobre el regateo de las cifras. Y esta contabilidad mezquina escamotea la esencia, no deja ver la perla.

Hace treinta años había causas, que fueron tal vez causas perdidas, pero que hicieron accesible a una generación el continente donde brillan los motivos que mantienen iluminadas a las estrellas.