El día de las elecciones
Era una ceremonia que se repetía cada cuatro años. Él se sentaba en su cuarto junto a un radio, con un lápiz y un papel, como si fuera un telegrafista, y tomaba apuntes.
El cuello de su camisa estaba desabotonado, los puños doblados hasta el codo, y la corbata suelta. El saco, sobre el espaldar de un taburete. Trataba de no perder ni una palabra del locutor. No comía. De vez en cuando, tomaba un sorbo de café.
Por esa época, ya estaba jubilado. El último cargo de elección popular que había ocupado era el de concejal de Puerto Berrío. Lo abandonó en 1948, después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. A muchos de sus compañeros los mataron y los tiraron al río Magdalena. A otros, los trajeron presos a Medellín y los encerraron en la plaza de toros La Macarena, con miles de liberales más. Él iba a visitar a sus amigos todos los días. Les llevaba cigarrillos y comida que les preparaba mamá. Después, jamás volvió a ser concejal. Decía que en Colombia los políticos tenían las manos manchadas de sangre.
Sin embargo, después de la dictadura del general Rojas Pinilla, el día de elecciones se volvió para él una fiesta. Siempre inscribía su cédula y la de mamá en algún puesto de votación del vecindario. Los periódicos se amontonaban sobre su mesa de noche. Los leía de principio a fin. Hacía cábalas electorales. Una o dos semanas antes, traía los sobres con los votos. Liberales para él y conservadores para mamá.
El día señalado se levantaba temprano, se bañaba y se ponía el traje y la corbata que mamá le había dejado listos.
Ella también se ponía el vestido más nuevo. Salían a la calle tomados del brazo, como si se fueran a pasear. Iban a votar por la mañana. Antes de salir de casa, él le hacía revisar a mamá su sobre con los votos para que no la fueran a engañar los pregoneros electorales. Después del mediodía, cuando regresaban, él pasaba el resto de la tarde leyendo los periódicos y escuchando la radio. A las seis, empezaba a preparar su parafernalia: varias hojas en blanco: una para apuntar los resultados de Medellín; otra para los de Antioquia; una más para los votos del país. Dos o tres para hacer cuentas. Cuando había elecciones parlamentarias, las hojas se multiplicaban. A medianoche estaban repletas de números con sumas y divisiones. Subrayaba los residuos. Su cuarto parecía el mostrador de una tienda de barrio lleno de cajetillas de cigarrillos dobladas al revés, atiborradas de números. Yo le ayudaba a hacer las cuentas.
Antes de acostarse, mamá le dejaba un termo con café caliente. Él seguía oyendo la radio toda la noche, con el lápiz en la mano. Ni siquiera pensaba en ponerse la pijama.
Yo me dormía después de medianoche. Cuando había un nuevo boletín de la Registraduría en el que el partido liberal alcanzaba un nuevo escaño, se ponía eufórico, me despertaba y me recitaba la lista completa de los nuevos parlamentarios. También me decía cuántos más iban a lograr curul con los residuos.
El lunes, al amanecer, todavía hacía cuentas. Mamá le servía el desayuno y le pedía que se pusiera la pijama y descansara un rato. Pero él parecía un enajenado. Mientras tomaba uno que otro sorbo de chocolate, pasaba en limpio los resultados y decía nombres de pueblos y municipios que yo jamás había escuchado. Tenía los ojos rojos de no dormir.
En nuestra casa, las cosas empezaban a calmarse el martes por la noche, después del último boletín oficial con los datos de la votación en todos los municipios de Colombia. Él ya tenía sumados los resultados parciales. Yo los comparaba con el conteo oficial. Se equivocaba por unos cuantos votos. Entonces él apagaba el radio y les daba un último repaso a las hojas y a la lista de los congresistas elegidos. Mientras leía, a veces sonreía. Otras, se rascaba la cabeza. Después apagaba la luz y se acostaba. Jamás lo vi celebrar en forma ruidosa las victorias de su partido. Tampoco, entristecerse en las derrotas.
El miércoles, todo volvía a la normalidad. Mamá lo llamaba a desayunar o a comer y él llegaba al comedor sin demora. Ella le preguntaba si ya había pagado los servicios. Por la tarde, papá seguía leyendo los periódicos. Encendía el radio sólo por la noche, a la hora de las noticias. A las nueve, cerraba la puerta de su cuarto, y se acostaba a leer. Y mientras tanto la vida transcurría.