Histórico

EL DÍA DESPUÉS

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14 de junio de 2014

Más allá de las controversias y polarizaciones que genera una contienda electoral y si gana un candidato u otro -habrá siempre un vencedor y un vencido-, quisiera plantear esta reflexión en la perspectiva de lo que deberíamos hacer al día siguiente del debate presidencial y en los días sucesivos.

Por supuesto todos quisiéramos que el vencedor fuera nuestra opción, pero solo habrá un ganador y por lo tanto lo primero que debemos hacer es prepararnos para reconocer al ganador; esto es fundamental para nuestra democracia y por ello esperaríamos que nadie juegue -menos los que tienen una mayor relevancia social- a deslegitimar las instituciones, asumiendo la actitud del mal perdedor que pretende patear el tablero para no reconocer los resultados. Para la buena salud de nuestra institucionalidad democrática debemos aceptar de manera tranquila la victoria del triunfador. En política no existen, quiero reiterar lo que algunos autores han llamado enemistades totales, sino enemistades relativas.

Pero es igualmente importante, que tanto el ganador como el perdedor, tengan la disposición para ofrecerle a su contrincante la colaboración necesaria para el buen éxito del gobierno que se iniciará el próximo 7 de agosto y claro, las garantías totales a los que resulten perdedores para que actúen como oposición y en el necesario control político del gobierno. Sin embargo, por la particularidad del momento político nacional sería lo deseable y creo que tanto Óscar Iván Zuluaga como Juan Manuel Santos estarían en esa actitud, de buscar "acuerdos marco" alrededor de temas de relevancia nacional, especialmente en las relaciones internacionales, el tema Nicaragua en primer lugar, específicamente cómo vamos a responder en el corto y mediano plazo a la sentencia de la Corte de La Haya y en lo relacionado con la terminación de los acuerdos con la guerrilla -tanto con las Farc como con el ELN-, para cerrar definitivamente el conflicto interno armado a la mayor brevedad. Pero adicionalmente, para institucionalizar y normalizar nuestras relaciones políticas en el Congreso, de tal manera que las distintas fuerzas allí representadas estén seguras de que no van a ser atropelladas en sus derechos y que no necesitamos un escenario crispado para que todos se puedan expresar con garantías; se requiere un consenso sobre las reglas para que pueda adelantarse el disenso.

Igualmente me parece de la mayor importancia que se propusiera conformar por parte de las fuerzas políticas una Comisión de Especialistas para empezar a preparar, con alto nivel de consenso, la necesaria reforma constitucional sobre el tema de la estructura de la Justicia, que garantice efectivamente órganos de vigilancia y control imparciales, magistrados en las Cortes con altos niveles de legitimidad, una justicia eficaz, eficiente y sobre todo independiente y otros cambios políticos de nuestra Constitución que corrijan las deficiencias de la Constitución de 1991.

Si se actúa con grandeza en nuestros líderes nacionales, independiente de sus preferencias partidistas, podríamos garantizar que fortaleceremos nuestra institucionalidad democrática y podremos enfrentar los desafíos del desarrollo de una mejor manera. Y claro, la controversia política debe seguir para bien de todos con intensidad, pero dentro de las reglas propias de la política.