El día que se frenó Medellín
Luego de tres ensayos voluntarios, promovidos por las universidades, siguiendo la iniciativa de los estudiantes de ingeniería ambiental de la de Medellín, la ciudad vivió su primer Día sin Carro obligatorio, por decisión no unánime del Concejo, que no del Alcalde, que, sin embargo, es quien ha recibido todas las críticas.
Bogotá ya lleva 10 y en Cali también se han hecho eco de esta idea tomada de ciudades europeas, pero que en nuestro medio aparece aislada de cualquier estrategia integral para solucionar la grave contaminación que padecemos. En parte, por la denunciada mala calidad del combustible que consumimos y debido al cual tenemos el doble del nivel de material particulado que tolera, como recomendación, la Organización Mundial de Salud.
Restringir la circulación de vehículos particulares es, en el fondo, lo que decidió el Concejo. El Día sin Carro, como se pudo ver, consistió en inundar las calles con taxis de todo el Valle de Aburrá. Entre tanto, los buses, verdaderas chimeneas ambulantes por el diésel y el Acpm que utilizan, duplicaron sus viajes.
Lo único que logró esta jornada fue perjudicar la economía de muchos hogares, cuando la situación es la peor. Y basta mirar los indicadores de empleo. A febrero, que es la última cifra conocida, Medellín registraba un índice de desempleo del 16,6 por ciento, el segundo más alto del país, después de Ibagué.
Empleo y contaminación son los dos lunares de la administración municipal, según el informe sobre calidad de vida en la ciudad en 2008, presentado por Medellín Cómo Vamos. ¿Estará el Día sin Carro tratando de resolver a nivel de conciencia, y sin medir las consecuencias económicas, un problema real de falta de planeación, gestión e inversión, en el tema ambiental?
El Día sin Carro, que se pregona tan orgullosamente como un logro, implicó que el comercio organizado dejara de realizar ventas entre 30 y 50 mil millones de pesos, pero las pérdidas no fueron solo en los grandes almacenes. Mientras en las calles dejaron de circular 450 mil vehículos, sus habituales usuarios no concurrieron tampoco a pastelerías, ni peluquerías, ni restaurantes, ni tiendas de ropa, ni parqueaderos, etc. ¿Se pensó en cuántos de esos vehículos son utilizados en labores productivas por sus propietarios, en famiempresas y pequeños negocios?
Lo que el planeta requiere, para un desarrollo sostenible, es precisamente un equilibrio ambiental, social y económico entre el uso de los recursos y las necesidades de la población, pero con obras y sobre la base de una conciencia nueva, que produzca acciones consistentes, permanentes y realmente efectivas, pero no paños de agua tibia que no resuelven nada, salvo reducir la contaminación por un día, pero dejando muchos bolsillos vacíos.
Es imposible contrarrestar, en un día, el impacto ambiental del combustible que consumimos. ¿Se alivia el planeta porque la contaminación se redujo en un 58 por ciento en un solo día? Si un Día sin Carro creara conciencia ambiental, se hubiera observado que, pasada la fecha obligada, muchas personas repitieron la experiencia, de manera voluntaria. Y eso no se ha visto.