Histórico

El drama de las minas tocó las puertas en Palomos

Veinte mineros estuvieron atrapados durante casi tres horas en un socavón de Fredonia por accidente de coche.

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09 de julio de 2012

El mismo coche que se descarriló y provocó un derrumbe que tuvo atrapados a 20 mineros en un socavón de Palomos, Fredonia, fue el que salvó a Luis Eduardo Velásquez de morir aplastado por una masa de maderos y pedazos de peña.

Él fue protagonista de excepción porque justo en el lugar que limpiaba la carrilera, ocurrió el accidente que, durante casi tres horas, tuvo en vilo la vida de otros 20 hombres en el fondo del socavón.

Velásquez, que hace 11 años trabaja en minas de carbón, confiesa que nunca se había visto en una situación tan dramática.

"Ví cuando el coche se descarriló en la parte de adelante. El venía de frente, me quedé mirando que hubiera espacio de que pasara sin tocarme. Segundos después reventó una palanca del lado derecho. Cuando reventó la segunda palanca y comenzó a traquear, me asusté y dije: Virgen bendita, aquí me tapó esto. No hice sino echarme la bendición e intenté pegármele al coche, cuando reventó una tercera y una cuarta palanca", evoca.

Como pudo, se aferró al coche que subía cargado de carbón, jalado por un malacate y consiguió que lo arrastrara unos metros, suficientes para salvarse porque atrás comenzó el derrumbe.

"Si Dios no me da la sabiduría de pegármele al coche, ahí estaría yo debajo de ese derrumbe, porque todo se vino a pique", agrega.

Velásquez quedó con algunos golpes de maderos a unos 30 metros de la entrada al socavón, pero sus compañeros quedaron 160 metros más abajo, sin posibilidad de salir, porque, según otro minero veterano, "eso quedó sellado".

A salvo, avisó a los que estaban fuera de la mina, quienes reaccionaron de inmediato y llamaron a las autoridades de Fredonia, Venecia y a Salvamento Minero.

Ninguno sabía de la suerte de los compañeros que quedaron atrapados en el fondo, donde un estruendo les avisó la emergencia.

Abajo, cuenta Jhon Jairo Henao, "estábamos barretiando y voliando punta", a las 9:30 de la mañana, cuando un compañero les gritó que subieran porque la mina se había tapado.

Pero fueron porfiados y continuaron "abriendo punta" otro rato. A Jairo no le dio miedo porque pensó que era un derrumbe poquito, pero después comprobó que "el viajado era bastante grande".

"Uno oía cuando los compañeros gritaban ¿cómo están? Y nosotros: bien, gracias al Señor", dice, pero algunos se empezaron a desesperar.

Se sintieron mejor cuando les empezó a entrar aire por una manguera que los rescatistas pasaron por orificios que le ganaron al derrumbe.

Samuel Morales, uno de los más jóvenes, agrega que pasó esas horas muy asustado, y vio la situación "horrible", pero el palanquero lo calmó.

Alonso Luján, uno de los más locuaces, le "dio moral" a los compañeros porque imaginó que había socorristas y personal de las otras minas que ayudan a destapar.

Adentro estuvieron muy quietos y silenciosos "para ahorrar aire y energías", y les alcanzaron para volver a la libertad a las 12:15 del día, con una alegría que no reflejaban sus rostros.

Afuera los recibió contento Luis Eduardo Velásquez, quien acaricia la camándula de pepas de colores, atada a un crucifijo, que siempre lleva sobre el pecho manchado de carbón.