Histórico

El dulce pregón de los fruteros

Los vendedores de frutas cantan su labor con ritmos que se inventan según el producto. El megáfono duplica las ventas.

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09 de octubre de 2013

El centro de la ciudad, con el palpitar acelerado, el bullicio, el ajetreo, la sensación de lucha por la subsistencia que impide espabilar, tiene entre sus sonidos el de los pregoneros de frutas.

"¡Échele veinte mandarinas en mil… ¡Échele veinte…"

La voz de Édier López, manizaleño que llegó a Medellín hace cuatro años, se oye amplificada por el megáfono que descansa en el suelo, debajo de su carretilla, en la amplia acera de Junín con Maturín.

Su carretilla, de madera y volante de auto que hace más liviana la conducción, está colmada de mandarinas y aguacates organizados como para una exposición. Luego de cada venta, mientras pregona, ordena los frutos de nuevo, como si se tratara de una obsesión, en forma de montañas simétricas.

"El megáfono es media vida para nosotros, los fruteros —comenta, recostado en un poste del alumbrado público, con el micrófono apartado de su boca para que no se oiga esto—. A boca se nos queda la fruta, no vendemos ni cien mil pesos y acabamos afónicos. Con megáfono, la venta se duplica, y no hay que gritar; solo hablar como estamos haciéndolo usted y yo aquí".

Con y sin voz
A boca. Así con la voz natural, sin ayuda de micrófono, comenzó a vender en la capital caldense. Y así vendió seis meses en Medellín. Terminaba con una hilacha de voz y con esa misma debía arrancar al día siguiente. De modo que su "descubrimiento" del megáfono le cambió la vida.

Picaresco, también usa el micrófono para "darle un saludo o echarle un piropito decente a alguna muchacha bonita que pase por aquí".

Para eso, aprovecha el socorrido símil entre frutas y mujeres y lo que comienza como pregón desemboca en apunte de varios sentidos que arranca sonrisas a quienes le ponen atención a sus anuncios y a las mismas aludidas: "...buenas y dulcecitas, para chupar y llevar a la casa".

Y apartando otra vez el micrófono, comenta: "No me gustan los piropos vulgares. Algo así, sencillito, para no ofender a nadie".

"¡Tres duraznos, tres en mil… ¡Tres duritos en mil".

Rubén Darío y su socio Daniel, este con un pie montado en un espacio vacío de su carretilla, se quejan de que la policía decomisa megáfonos. "Dicen que hacemos mucho ruido".

Y en ese equipo integrado por megáfono, amplificador y micrófono se van 220 mil pesos, "y eso que uno compra los componentes de segunda", explica Rubén Darío, el del perifoneo.

Hablando de hombres de verde...

"¡Pilas, que viene la ley…" Dice Rubén fuera del micrófono. Daniel desarma en tres segundos el amplificador, le quita el micrófono de la mano a su socio y desaparece. Los policías llegan para quedarse.