Histórico

El egoísmo del votante

16 de octubre de 2011

"Si una de las propuestas del candidato me beneficia a mí votaré por él y no me importará que en un futuro esa persona pueda perjudicar a la comunidad". Esta parece ser la reflexión de una inmensa mayoría de ciudadanos en tiempos preelectorales. Muchos, quizá, ni se preocupan por conocer más del candidato, pues el único interés es el propio, no el general.

Es en época de elecciones cuando se percibe el egoísmo del votante, pues la gente compromete su voto sin medir en una amplia perspectiva todas las condiciones del personaje y, sobre todo, la más urgente en este tiempo de tantos sobresaltos éticos: su capital de honradez y transparencia.

Tontería sería pensar que una persona sea perfecta y gobierne sin equivocaciones; pero sí podríamos aspirar a que quien pretende administrar el presente y futuro público tenga, por lo menos, vectores sobresalientes de rectitud y probidad.

¿Pero cómo puede saber esto el votante? Ahora no es suficiente decir que ante la inexistencia de una condena judicial el posible elegido está habilitado moralmente para el cargo, pues algunas acciones, aunque no sean punibles, sí son reprochables desde el comportamiento ético.

Y hoy, una de las características que la gente pide desesperadamente de un gobernante o cualquier servidor público es precisamente que podamos confiar en que todos sus comportamientos sean honestos: no que por un lado haga cosas buenas, para con ellas tapar, por otro lado, la corrupción y el desfalco al erario.

En el escenario de la imposibilidad de saber si alguien actuará con honestidad en el cargo, y ante el caos y la incertidumbre generados por la corrupción, muchos deciden votar por conveniencia propia porque "como sea, hay que aprovechar el cuarto de hora", sin razonar que a lo mejor ese candidato que promete bienestar pasajero para unos tantos, producirá una situación de inviabilidad moral que terminará por perjudicar a la mayoría.

Algunos votantes, movidos solo por sus intereses particulares, entregan el voto sin medir las consecuencias: unos sumidos por el apremio económico inmediato venden el voto por una empanada; otros, más "elegantes", lo venden por un contrato.