Histórico

El excéntrico prudente

20 de marzo de 2009

Alan Bennett es un dramaturgo, actor y narrador inglés de equis años de edad. Lo de la equis viene a cuento porque Bennett parece ser uno de esos tipos que intentan ocultar la fecha de su nacimiento; de hecho, sus biografías oficiales y las solapas de sus libros silencian el dato. Claro que este mundo traidor e hiperinformado es un enemigo fatal para los coquetos: basta googlear un poco para saber que es de 1934.

Este septuagenario camuflado es un personaje delicioso. Yo diría que pertenece a la larga y honrosa tradición de excéntricos británicos, y además a una subespecie especialmente genial, la del excéntrico que hace todo lo posible por parecer normal. Más aún: que se cree normal, incluso aburridísimo. Es la rareza del callado, del prudente, del modesto, y suele ser la más conmovedora, la más auténtica.

Esta modestia esencial o estructural de Bennett le hace escribir libritos pequeños, muy pequeños. Novelitas de ochenta o noventa páginas. Unas miniaturas muy hermosas, porque Bennett es original, delicado y muy divertido. Su novela Una lectora nada común (Anagrama), protagonizada por una desternillante reina Isabel II, tuvo un éxito considerable en España cuando fue publicada, hará cosa de un año.

Pero ahora acaba de editarse un texto nuevo de Bennett que creo que es lo mejor que le he leído: La dama de la furgoneta (Anagrama).

Una vez más es una miniatura, pero en esta ocasión no se trata de ficción, sino de un peculiar libro de memorias. Bennett cuenta la historia de Miss Shepherd, una anciana vagabunda y chiflada que vivía en una furgoneta en la misma calle del escritor. Tras varios años de sufrir vagamente por la integridad de la mujer, porque los gamberros aporreaban su vehículo y porque no hay mayor indefensión que la de ser una vieja paupérrima y lunática, Bennett le pidió que, por las noches, entrara a dormir a un cobertizo que él tenía en el jardín.

Le hizo semejante propuesta, argumenta el escritor, por puro egoísmo, para quedarse más tranquilo. Pero las cosas se liaron de tal modo que, a las pocas semanas, la furgoneta descuajeringada de la mujer estaba instalada dentro del minúsculo jardín de Bennett. Eso fue en 1974, y Miss Shepherd se quedó allí, viviendo en ese montón de chatarra, durante quince larguísimos años. Hasta su muerte.

El libro tiene momentos inolvidables que te hacen reír hasta las lágrimas, pero es mucho más que eso. Es el relato elegante de algo atroz: de la decadencia y el deterioro de la enfermedad mental.

El texto te permite atisbar el abismo escatológico de la vida de esta mujer, de la misma manera que Bennett debió de tenerlo delante de sus ojos (y de sus narices: "Como ha dicho el cartero esta mañana: A veces el olor te echa un poco para atrás") durante quince años.

Hablo del desorden en su sentido más enfermo: comida podrida, compresas usadas, costras de roña, gusanos. Es el infierno. Y, al mismo tiempo, con un respeto y un amor infinitos, con verdadera compasión, es decir, con una gloriosa capacidad para sentir empatía con ella, el escritor consigue hacer un retrato noble y atractivo de Miss Shepherd.

Consigue celebrar la dignidad absoluta y esencial de una vida aparentemente indigna. Maravilloso y adorable Bennett.