Histórico

El fantasma sigue en la casa de Prado

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25 de octubre de 2008

Decían que en la Casa de Prado, donde vivía el ex alcalde Sergio Fajardo cuando era alcalde, habitaba un fantasma. Diez meses después de que él se marchara con sus corotos, el espanto sigue allí y les produce escalofríos a los vigilantes y empleadas, aunque el otro fantasma es el propio Fajardo, que dejó muchos recuerdos en todos los espacios de la casona.

Cuenta Irma Ramírez, una señora que hoy hace aseo en el lugar, que muchos vigilantes han sentido ruidos y golpes y que hay lugares por los que les da pánico pasar.

-Por este corredorcito (el pasillo), cuando pasan junto a los baños, les da miedo, sienten una presencia, que hay una persona detrás.

Luz Elena Benítez, otra señora que hace labores varias en las oficinas de Medellín Solidaria y Buen Comienzo -los dos programas que hoy funcionan en el inmueble- que el tal fantasma sí se ha hecho sentir.

-Cuando no hay nadie por la mañana, se sienten golpes o pasos en el techo, arriba. Da mucho miedo.

Pero en la espaciosa y añeja vivienda -construida en 1937-, todos le tienen terror al sótano. Dicen que el extraño ser, que a veces es una sombra y en otras se manifiesta con ruidos, deambula por allí a sus anchas y por eso pocos obreros y vigilantes se atreven a desafiarlo.

-Hago trabajos aquí hace años, pero soy el único con el que no se mete, a mí no me sale, pero a muchos compañeros míos sí, ¡ave maría!, para ellos es verídico- relata Néstor Paniagua, electricista.

El sótano es un sitio espacioso pintado con cal y sin revoque, al que se baja por unas viejas escaleras de madera y donde la humedad se siente desde el umbral.

En brujas y en fantasmas no hay que creer, dicen los intelectuales, pero ellos mismos acompañan el dicho con otro mucho más popular: "pero que los hay, los hay".

No sabemos si Fajardo creyó o no, o si el fantasma le interrumpió sus veladas nocturnas, sus largas jornadas de trabajo o sus noches en compañía con su esposa Lucrecia Ramírez en su habitación del segundo piso de la casa.

Pero lo que sí es verdad es que el ex alcalde se sintió cómodo y les dio utilidad familiar a cada uno de los espacios del inmueble, adquirido en 1990 por el alcalde Juan Gómez Martínez para que sirviera de vivienda a los mandatarios de la ciudad durante sus gobiernos.

Y por eso cada sala, cada pieza, el patio, la cocina, las escaleras y hasta el mirador de las estrellas en el tercer piso, se quedaron con el aura del único mandatario que en 18 años se atrevió a vivir allí, a pesar de muchas críticas y demandas por gente que consideraba ilegal la ocupación, al final resueltas a favor de Fajardo.

Alonso, sin casa
Pero en contraste, Alonso Salazar prefirió desechar esta opción.

Aunque se vea increíble, el alcalde de Medellín no tiene casa propia, pues en la que vive apenas se la empezó a pagar a un banco hace tres años, y eso significa que hasta que no cancele la última cuota, no es de él. Su gran negocio habría sido irse cuatro años a la vivienda del fantasma y alquilar la que está pagando, pues habría ahorrado buen dinero para abonar capital a la deuda.

Pero no, Alonso, para esta decisión, no echó calculadora, sólo atendió a su corazón.

-Había que darle gusto a María, nuestra bebé de dos años, porque ella ya tiene su mundo en la unidad residencial donde vivimos, ahí están sus amiguitos, sus espacios, ella se siente de esa casa, y decidimos darle gusto y no traerla a Prado, donde se habría sentido sola, como en otro mundo que no era el suyo- explica Martha Liliana Herrera, la esposa de Alonso.

¡Claro!, porque si por ella hubiera sido, de no estar María de por medio, sin pensarlo se habría pasado a Prado.

-Habría venido a echar raíces, porque es una casa encantadora, espaciosa, amplia, con muchos lugares deliciosos para compartir.

Y quién no habría pensado igual. Habría que tener muy mal gusto para despreciar la palomita de vivir en una casa de arquitectura europea, construida en 1937, con paredes altas, puertas de madera fina, muy blanca, exquisitamente restaurada y con la media bobadita de 1.300 metros de área para disfrutar. Pero Alonso y Martha optaron por seguir en su casa de 130 metros en El Poblado.

-Eta e mi casita... mañana tengo que pintá un dibujo-, le dice María a su madre sentada en una mesa del patio, en la que, con un pincel negro, raya una hoja blanca.

-Es el sitio donde jugamos con ella y en donde nos sentamos a charlar y a tomar cafecito-, relata Martha en su vivienda de El Poblado.

Un lugar de colores, con jardín y muñecos. A María se le ve feliz, se mueve como pez en el agua por todos los recintos y entonces no hay lugar al arrepentimiento.

Eso sí, lo que más sorprende de la casa de Alonso es la sobriedad del cuarto matrimonial, una pieza pequeña con una cama sencilla, dos nocheros, el del lado de Alonso con un cerro de más diez libros y un televisor Sony de 21 pulgadas, notablemente pasado de moda si se le compara con los de pantalla plana que ya están inundando los hogares.

Una casa sin excentricidades, con escaparates viejos y una que otra antigüedad. Y eso sí, sin fantasma asustador...