El rey de España: 75 años de una vida intensa
75 años de vida, 37 como rey, cumplió Juan Carlos I. Con un reinado decoroso, ya no es intocable para la opinión pública.
Juan Carlos I de Borbón y Borbón, rey de España, cumplió ayer 75 años. Nació en Roma en 1938, durante el exilio de sus padres y abuelos, expulsados del país por el fugaz régimen republicano (1931-1939).
El monarca podrá decir muchas cosas, menos que su vida no haya sido interesante. Protagonista principal de la historia contemporánea de España, su reinado, que comenzó en noviembre de 1975 luego de la muerte del dictador Francisco Franco, ha sorteado dificultades, escándalos, crisis financieras y políticas y, sobre todo, la permanente amenaza de la desintegración territorial del Reino.
Y este último asunto es muy preocupante, porque precisamente una de las principales funciones que le asigna la Constitución de 1978 al rey, como Jefe de Estado, es ser garante de la unidad de España. De allí se pegan los monárquicos para defender que sólo un monarca puede unir las diversas sensibilidades nacionales que conviven bajo el territorio español, cosa que, según ellos, no podría hacer un Jefe de Estado que no fuera de sangre azul.
En sus 75 años de intensa vida, y particulamente en sus 37 años de reinado, Juan Carlos I ha dado que hablar y también ha hecho indudables aportes a la democracia de su país.
Lo bueno
Aunque la Constitución española no le otorga poderes ejecutivos, en su calidad de Jefe de Estado sí tiene un poder simbólico importante. Convalida con su firma las leyes -así no tenga poder de veto-, nombra formalmente al Presidente del Gobierno -elegido por el Congreso de los Diputados- y designa a los ministros, que previamente, eso sí, le indica el presidente como jefe del Ejecutivo.
El rey Juan Carlos lleva años atendiendo a gobernantes, políticos, empresarios, líderes sociales, deportivos y culturales, y ha desarrollado una incomparable habilidad para sopesar las corrientes de influencia en su país y en el mundo. Es legendario el olfato político que se le atribuye, y no hay un solo gobernante español que no pondere las cualidades conciliadoras del rey y su capacidad de arbitraje ante agudas controversias.
El papel que más se le aplaude actualmente a don Juan Carlos es el de ser "el mejor embajador de España ante el mundo". No en vano, casi cuatro décadas en el trono le han permitido un acceso inigualable a todas las instancias de poder y a la casi totalidad de estadistas y líderes políticos del planeta, desde los europeos, los latinoamericanos y, particularmente, los árabes.
Su papel en la consolidación de la democracia en España, desde 1978, no tiene mácula. Si bien en sus inicios de reinado la prensa glorificó sus ejecutorias con exceso de entusiasmo, su decisión de apostar por un régimen de libertades tras 39 años de franquismo represor, no se la desconoce nadie.
Y no puede desestimarse su capacidad de llegar a la gente. Cuando comenzó su ejercicio, los monárquicos en España no eran mayoría, y por eso se habló que, más bien, habría "juancarlismo". Día a día, trabajando bastante, el rey se ganó su espacio de legitimidad en el trono.
Lo malo
Los mismos periodistas españoles de la vieja guardia reconocen que al asumir el trono el rey Juan Carlos, hubo una especie de pacto tácito para ayudarle a consolidar la llamada Transición política. Eso, en otras palabras, se tradujo en "alabar lo bueno y tapar lo malo": una autocensura mediática que impedía que se publicara cualquier información no oficial o que revelara aspectos poco ejemplares de su vida pública y privada.
En la última década se han publicado libros muy críticos con la forma en que el rey ha buscado incrementar su patrimonio. Aunque tiene acceso a muchos bienes del Estado, incluso a título privativo -nadie más puede hacer uso de ellos: aviones, palacios, fincas- el rey, según estos libros, se ha quejado de que no tiene una fortuna personal acorde con su rango.
Pero la opacidad con que se manejan todos los temas financieros de la Casa Real, y la "irresponsabilidad política" que le garantiza la Constitución -el rey no tiene que responder ante nadie- han hecho que se le reproche que, muy a menudo, se rodee mal y frecuente las "malas compañías": desde banqueros condenados como Mario Conde y "los Albertos", hasta cabilderos árabes pagados por gente poco recomendable.
Lo feo
Ese unanimismo de la prensa en publicar solo lo bueno y ocultar lo malo empezó a romperse en 1992, año estelar en España, con Expo Universal en Sevilla y Juegos Olímpicos en Barcelona. Por primera vez, se revelaron viajes "privados" del rey con acompañantes que no eran la reina Sofía. En ese entonces, el presidente del Gobierno, Felipe González, echó al agua al rey al quejarse en público de no haber podido nombrar a un nuevo ministro de Asuntos Exteriores, porque "el rey no está". No estaba, efectivamente: andaba escapado en Suiza, "descansando".
También la pasión cinegética de Juan Carlos -la caza lo ha llevado a casi perder un oído- le ha traído dolores de cabeza, físicos e institucionales. Sus antepasados pudieron cazar cuanto quisieron, pero hoy día, con defensores de animales por doquier, al rey se le ha privado de su segundo pasatiempo favorito.