Histórico

El sablazo

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20 de julio de 2010

De un sablazo cortó el coronel Chávez la invitación que Santos le extendiera para concurrir a su posesión presidencial. Mas aquel no solo tiró en pedazos la tarjeta a la fiesta del 7 de agosto en Bogotá, sino que amenazó con volver a romper las relaciones diplomáticas, cuando ya había vuelto trizas las comerciales y las de la urbanidad de Carreño.

Mañana Colombia presentará ante la OEA las pruebas que comprometen al gobierno venezolano de complicidad con la subversión armada, al albergarla en su territorio. La comprobación de este hecho, entre muchas violaciones, vulnera la misma carta de la OEA.

Los gregarios presidentes de la órbita chavista atacarán, a la voz del capataz, al gobierno de Uribe.

Quienes dicen ser sus aliados -de dientes para afuera- harán mutis por el foro o guardarán silencios que estimulan la beligerancia del impredecible vecino.

El señor Insulza, contemporizador por excelencia, para no comprometerse, nombrará una comisión investigadora y así terminará -con las constancias históricas que se las devoran las polillas- un nuevo sainete en el seno de una organización tan insulsa como improductiva.

Chávez podría estar en el libro del historiador Mauricio Sáenz, " Caudillos ".

El jayán venezolano tiene el corte en muchos aspectos de la carnadura de los argentinos Rosas y Perón, de Trujillo el dominicano, de Porfirio Díaz el mexicano, de Strossner el paraguayo. Y por supuesto de su paisano Juan Vicente Gómez, de quien heredó su enfermizo fundamentalismo bolivariano. Éste, en ataque de megalomanía, tan similar a los de Chávez, falsificó su partida de bautismo para que coincidiera su nacimiento con el del Libertador.

Nada de raro tiene que Chávez, al tener conocimiento de la audacia de su antecesor, por lo menos quiera igualar al "compadre" preparando su funeral para un 17 de diciembre...

Si aquellos "caudillos" que desfilan por el texto de Sáenz se enteraran de la existencia de Chávez, -y también de la de Fidel Castro- se darían por bien servidos. Su ejemplo cayó en terreno abonado.

No fueron estériles sus ejemplos de persecuciones a la libertad de prensa, sus represiones a los movimientos opositores, su autoritarismo en el ejercicio del poder para modelar leyes a su antojo, sus presos políticos. Para aquellos dictadores, como hoy para Chávez, la democracia y sus instituciones eran una caricatura. Todos tuvieron sus propias guardias nacionales, como hoy la tiene el vecino, en medio de los ejércitos constitucionales.

Los unió a todos una única religión, cual era el culto a la personalidad y el vasallaje a sus pueblos. Todos, como Chávez, se consideraron mesiánicos. Pusieron en escena la voluntad del caudillo que era "la verdadera constitución". Se mantuvieron en el poder a base de trucos para prolongarlos. Expertos en maniobras curialescas para saltarse las vallas constitucionales y acceder a sus reelecciones.

Muchas de estas vidas azarosas se encuentran en las obras de Miguel Ángel Asturias, de Roa Bastos, de Vargas Llosa, de Alejo Carpentier. Seguramente ya habrá quien se inspire en la vida de Chávez para ir complementando la extensa bibliografía de autócratas que en América Latina no fueron escasos y que ahora parecerían querer florecer en algunas naciones de las más atrasadas de América Latina.

La ausencia de Chávez en la posesión de Santos poco modifica las ya difíciles relaciones con el incómodo vecino. Que siga allá imponiendo su disciplina de cuartel sobre la sociedad civil, expulsando periodistas y acallando a sus opositores. Que se regodee en su régimen, que goza del aplauso de sus compadres ideológicos, receptores de recursos que comienzan a agotarse en las arcas venezolanas.