EL VOTO DEBERÍA SER OBLIGATORIO
Si mediante la obligatoriedad del sufragio se asegurara legitimación real y efectiva de la llamada voluntad general, en estos días preelectorales nadie estaría haciendo fuerza por el creciente desgano de los ciudadanos ante las cuestiones públicas y la flojedad de la mayoría de los proyectos para el Congreso y el próximo cuatrienio presidencial, ni frente a la aparente inminencia de una abstención canalizada por el voto en blanco.
El voto debería ser obligatorio como deber cívico fundamental. Los partidarios radicales de las doctrinas libertarias no lo aceptan porque lo catalogan como un recorte a las facultades de los ciudadanos de elegir o abstenerse de hacerlo. Pero en una democracia incompleta como la nuestra tiene más sentido fortalecer los métodos de participación ciudadana, estimular la concurrencia a las urnas y, por qué no, ejercer una coerción razonable para garantizar la verdadera universalidad del sufragio, de modo que nadie se sienta excluido a la hora de hacer valer su cuota de poder decisorio.
Aquí se privilegian los derechos y se menosprecian los deberes. Lo ideal sería un equilibrio entre unos y otros. Pero esta sociedad tiende a ser acrática y anárquica, a desconocer hasta las normas elementales y desafiar todo lo que se parezca a la autoridad, la cual, a su turno, alcahuetea el desacato instituido por el uso consuetudinario. El respeto, el sentido de la responsabilidad, la asunción de compromisos son casi legendarios. Hasta desde las mismas alturas del Estado se elude la pedagogía de los valores y se consolidan las malas costumbres públicas y privadas.
La verdad, por ejemplo, es una entelequia. El criterio de veracidad se ha cambiado por los intereses y las conveniencias circunstanciales. Un gobernante puede hacer hoy una afirmación, para contradecirse mañana con la frescura y el cinismo que ya ni nos sorprenden porque mentir y hacer trampas es un uso que se integró al cuerpo folclórico de las colombianadas.
En un país así, la democracia se sostiene por inercia y en cada elección en realidad no está afirmándose el respaldo de la voluntad general. Y de esa inercia se lucran los políticos mediocres, incapaces de exponer y ejecutar proyectos conectados con los fines primordiales del bien común. Saben que de todos modos cuentan con electorados cautivos, que tras las motivaciones más diversas los mantendrán en el poder. No se sienten comprometidos con las mayorías sino, si acaso, con sus adherentes.
Por eso el voto no debería ser discrecional. Es cierto que en la mayoría de las naciones democráticas es voluntario el sufragio. La obligatoriedad se mira hoy como una suerte de figura exótica en los regímenes electorales. Pero, con todo y el respetable idealismo de los libertarios, el voto obligatorio lo demanda un país raro, como este.