Histórico

En La Ceja se divierte el ojo

15 de febrero de 2009

En La Ceiba, el bar que funciona desde hace 80 años en la plaza central de La Ceja, mientras uno se toma la aromática de limoncillo más deliciosa del oriente antioqueño -de la que tienen receta propia-, puede apreciar una exposición de pintura: la de personajes populares.

Y lo mejor de todo es que entre un sorbo y otro, a uno se le puede aparecer uno de esos personajes de carne y hueso, que entra o sale, que se detiene a tomar un trago en la barra o en una de las mesas, que se hunde en el viejo local y se sienta a fumar y a ver jugar billar, como si se hubiera escapado del cuadro. Nada menos Martín, a quien muchos llaman el Gigante, un enano que embetuna zapatos y que ha participado en películas de terror, tiene en La Ceiba la sede de su negocio.

La galería está en un muro lateral colmado de cuadros en carboncillo, 23 en total, situado junto a la entrada. Ahumados por los cigarrillos y por ese velillo que va poniendo el tiempo en las cosas, los retratos parecen contar a gritos la historia de cada personaje, cuyo nombre o apodo está escrito en el lienzo.

Óscar Cardona, el pintor, va a veces a La Ceiba. Mientras toma su limoncillo, cuenta que comenzó pintando a Nariz de Espada. Es hermano de Martín. Aparece de pelo largo. Es un personaje simpático, que actualmente está motilado. Suele caminar por El Retiro, Rionegro y, claro está, por La Ceja, de la cual visita las veredas. Caminar es su vida.

"A veces le pide a uno una moneda que le hace falta, pero cuando vuelve a verlo a uno le da papas o panela o lo que lleve en su fardo". Lo pintó hace más de seis años porque le parecía un personaje de la película El perro andaluz, de Luis Buñuel.

A Rogelio Ríos, bigote negro, lo pintó porque suele ir a todos los entierros del pueblo. "Es el plañidero". Y a Marquitos, por amansador de caballos, bohemio y trovador.

Ahí también están Chelín, el payaso; Pacho Mandaos, un tipo más que honrado a quien mucha gente ocupa para las diligencias y de quien es célebre la anécdota de que unos bandidos casi lo matan por quitarle seis millones de pesos que le mandaron consignar; El Chonto, que heredó el apodo de su madre, La Chonta, y que no se despegaba de ella para nada, hasta que ésta decidió morirse; Amado, el de los siete u ocho perros... y Fanny, una mujer de la vida, que tenía negocio en Palenque, la vieja zona de tolerancia.

Tres de esos personajes están muertos: Chucho Guayabas, Marquitos y Champú. Al menos ya no reniegan ni celebran por su inclusión en la serie.

Arte urbano
Pero Óscar no es únicamente el artista que pinta retratos. En su taller, la última habitación de la casa materna, situada en una calle detrás de la iglesia principal, él prepara una serie de temas urbanos en óleo sobre lienzo y de gran formato, de la que cualquiera juraría que su autor es otro distinto al de la serie de los personajes de La Ceiba.

Es más, las paredes de la amplia vivienda están llenas de esos cuadros, en los que hay calles y edificios, transeúntes y autos, y en los que privilegia a los humanos noctámbulos, bohemios o malevos, que habitan las calles cuando el aire es negro. Atarnochecer es el título de una de sus series.

Este cejeño vive contento también con su Monalisa ante el espejo, cuadro que hace parte de una secuencia en la cual toma personajes de obras universales para transformarlos, imaginando para ellos una cotidianidad.

Óscar no tiene tiempo de aburrirse. Pasa la vida pintando los cuadros que le gustan y los que su mamá le encarga, y atendiendo su propia taberna. Un sitio claroscuro en el que él se convierte en personaje de la noche, como si se escapara de uno de sus cuadros. Allí exhibe obras de otros artistas, habla con la gente, bebe cerveza, escucha jazz.

Y metido en esta vida, a veces, pasa semanas enteras sin ir a La Ceiba.