Histórico

En medio del naufragio

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26 de agosto de 2011

Me gusta el tema del medio ambiente, de la ecología.

He leído informes y estudios, reflexiones, propuestas, para actualizarme.

He navegado por el agua pesada de los datos y las cifras. Pero a la hora de escribir, confrontado por la pantalla en blanco del silencioso caricuadrado que me mira e interpela, se ha apoderado de mí una extraña sensación de estar perdido.

Es una mezcla de ahogo físico y tristeza. Agonía de náufrago, nostalgia de desterrado.

Lo siento en este momento. Ahí, pared de por medio, la ciudad se arrastra y serpentea. Es un ruido que entra a borbotones por entre los postigos abiertos. Uno está dentro de ese ruido viscoso que ya no se oye sino que se siente como pegado a la piel. Se oyen los gritos, las voces, los radios y equipos de sonido, las prisas y las carreras. Los carros que arrastran sus quejidos sobre el asfalto, las motos que escarban inclementes la noche.

Ruido, ruido, ruido. Y uno ahí en medio, como un pelele, llevado y traído, manteado entre el jolgorio y la batahola.

¿Dónde está la soledad, dónde el silencio? ¿En qué recodo de mí mismo refugiarme para no dejar de ser humano, para palpar, aunque no sea sino fugazmente, las tenues raíces de la paz interior, de la serenidad?

Usted, amigo lector, sabe que no estoy haciendo frases. Usted, como yo, ha estado muchas veces al borde de la desesperación, incapaz de concentrarse, con el mal genio a flor de alma, sin causa aparente. Es el ruido que mina lentamente sus nervios.

Pero no es sólo ese el problema. A su alrededor todo parece batallar contra la integridad de la vida.

El aire está enrarecido, poluido, sucio. No se puede respirar.

Usted siente que una capa pesada lo aplasta contra el suelo. El calor es cada vez más atosigante.

Falta aire en este zoológico de seres humanos enjaulados en que se ha convertido la urbe moderna. Se acabaron las fragancias, los aromas elementales. Hiede.

Se amontonan las basuras, los residuos industriales han matado los ríos y las fuentes.

El hombre se ha ido construyendo su propia cloaca. Como los animales tras los barrotes, ha acabado por regodearse en su propio excremento.

Se podría huir, buscar el paraíso perdido. Pero la naturaleza ha sido mancillada.

Ya no existe el paisaje.

Han talado los montes y el verde mustio de los campos ya no significa esperanza.

Para espantar los fantasmas nos hemos inventado una arcadia ficticia los fines de semana, a la que llegamos arrastrando los vicios de la civilización como un tarro amarrado a la cola de un perro.

Y regresamos más cansados que antes a continuar este interminable camino de prófugos de nosotros mismos en que se ha convertido la vida.

Quizás lo que hay en el fondo de este medio ambiente hostil y deteriorado es un ser humano cansado y enfermo. Y es a ese ser humano al que hay que recuperar.

La ecología por la ecología es un sueño inútil. Por eso, aun en medio del naufragio, yo quisiera que el punto final fuera un canto a la vida. Porque es la vida la única que es capaz de hacer renacer la naturaleza.

Es la mirada la que hace rebrotar el paisaje, las ganas de vivir las que reconstruyen las ruinas.

Créanme. A los náufragos hay que creerles.