ENTRE CALÍGULAS Y BRUTOS
El Teatro Patria de Bogotá ha sido el escenario en donde se han oído piezas magistrales, y otras no tantas, sobre el contenido ideológico de la democracia colombiana.
Hace un poco más de medio siglo, el entonces presidente electo Alberto Lleras, trazó lo que debía ser el papel fundamental de las Fuerzas Armadas en los gobiernos civiles. Recordaba el gran estadista que si la política era el arte de la controversia, la milicia era el de la disciplina. Acababa de caer la dictadura del General Rojas Pinilla y había necesidad apremiante de recordarles a los militares que si bien estaban subordinados al poder civil, también constituían parte esencial en la reconstrucción moral de la república.
Ahora el presidente Santos -ya metido en su reelección, con el visto bueno de las Farc y con Vargas Lleras en la jefatura de la campaña-, mencionó en el mismo escenario el deplorable papel que en la historia protagonizó Calígula. Por supuesto que habló con un estilo y contenido ideológico diferentes al de Alberto Lleras, en la altura intelectual, en el tono y modulación de la voz y las palabras, en el brillo literario.
¿Por qué en un discurso ante las Fuerzas Militares, evocaba el presidente a ese dictador romano, tirano demencial, lleno de caprichos y de ineptitudes, y perverso en el más alto grado de la maldad humana?
¿Quería acaso satanizar a los expresidentes que critican con dureza el actual proceso de paz al compararlos con el paranoico romano que disfrutaba rebanando pescuezos? Negociaciones que se adelantan en medio de dificultades e interrogantes y que si bien han tenido el apoyo de la comunidad internacional y de las mayorías nacionales reflejadas en las encuestas, cuentan con opositores internos que están en todo su derecho de discrepar del manejo en el proceso de La Habana. Controversia que es fundamental en todo estado de derecho y en toda democracia operante que se respete.
¿Pero en qué se parecerían, de ser los aludidos, Álvaro Uribe y Andrés Pastrana a Calígula? Este fue un codicioso del poder que se regodeaba en la megalomanía y extravagancias hasta nombrar -hecho que algunos historiadores niegan- a su caballo Incitatus como Cónsul.
¿Haría Santos para tan desconsiderado ataque, una composición de lugar entre el caballo favorito de Calígula, con los que monta Uribe en aquella finca que tanto desvela a sus detractores para atacarlo?
Calígula, dice el historiador Simón Sebag, "comenzó a creerse un Dios, al mudar las cabezas de las estatuas de deidades olímpicas por retratos suyos y estuvo a punto de provocar una revuelta judía al ordenar que adorasen a su divina persona en el templo".
¿Cree acaso Santos que sus dos antecesores se consideran mesías y dioses del Olimpo para exigir adoración y sumisión perpetua? Comparación tan burda como carente de fina ironía.
Solo resta que para seguir en la historia de Roma, entre en escena Bruto, el aliado, protegido y magnicida de Julio César. Que los suspicaces descubran en unos y otros, la personificación de aquel taimado que halló en la deslealtad su supervivencia política. Y ahí el debate se hunda, de una vez por todas, en la historia de las extravagancias.