Es una bebida, no le pidamos milagros
La última del vino es que, según investigaciones, podría prevenir algunas enfermedades de la vista derivadas de la presencia de vasos sanguíneos dañados en la retina.
Quién se atreve a discutirle a la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington, que sostiene que beber vino, y recibir sus resveratroles, podría ser una terapia preventiva potencial contra la enfermedad del ojo conocida como angiogenesis, que puede derivar en ceguera.
Los experimentos fueron aplicados en retinas de ratones y demostraron que los vasos anormales empezaron a desaparecer.
Sí, es la Universidad de Washington, pero basta. Ya otras investigaciones habían señalado el vino como un agente que funciona al estilo Diablo Rojo, porque pasa por el sistema circulatorio destapando las arterias; como enemigo del deterioro bucal, porque elimina las bacterias en dientes y encías, y hasta como antídoto contra el exceso de peso, como leí por ahí.
Basta, no le pidamos tanto, no lo consideremos un sustituto de un estilo de vida sano, con práctica de actividad física, dieta balanceada y lavada de dientes, no esperemos milagros.
La ciencia le continuará descubriendo virtudes, pero el vino en su copa no debería ser más que eso: una bebida que nace del jugo de uva, que viene en tres colores (aunque cada vez con más fuerza comenzamos a encontrar en el mercado el Pinot gris) y que nos pone las comidas, las de cocina de lujo y las corrientes, más ricas en aromas y sabores.
Si resulta que nos ofrece más salud, perfecto, pero no confundamos: es una bebida y punto.
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