Esa virtud tan olvidada
BENEDICENCIA es una palabra que ni siquiera aparece en el diccionario, pero a todos nos enseñaron de niños en la casa y en la escuela a hablar bien de los demás.
De hecho, en nuestra cultura, hemos tenido la costumbre de pedir la bendición los hijos a los padres y tal vez en algún momento nos hemos detenido a hacer un simple análisis: ben-decir. Decir bien. Eso quiere decir bendición. Eso es la benedicencia.
Bendecir entonces no se restringe a la acción de un sacerdote que traza la señal de la cruz sobre una persona u objeto; bendecimos todos, seamos quienes seamos, cuando practicamos esa virtud tan olvidada y de la que tan poco se habla; es decir, hablamos bien de los demás.
Aunque trascendiendo un poco el simple hablar bien, se trata de un fondo todavía mayor: pensar bien del otro, partir siempre de la presunción de bondad que hay en sus intenciones. ¡Sí que es difícil eso hoy en día, cuando desconfiamos y sospechamos hasta de nuestra propia sombra!
Si lo vemos bien, la benedicencia tiene mucho de bueno: nos haría vivir más tranquilos, porque los demás no serían causa de nuestro temor. Nos haría tener relaciones interpersonales más óptimas y afables; y a lo mejor, relaciones familiares, profesionales y hasta laborales mucho más productivas, efectivas, benéficas y certeras. Y ojo, que no se trata de caer en la tonta ingenuidad del que no ve el peligro que tiene cerca: se trata de ver del otro primero lo bueno, hacérselo saber, tratarlo con amabilidad y frente a lo no tan bueno, corregirlo con formas debidas, prudentes y delicadas.
La benedicencia nos aleja del juicio, de tomar como verdad lo que simplemente oímos en un rumor, y del peligro de rotular a otro simplemente por apariencias. ¿Acaso no nos gusta que piensen y hablen bien de nosotros? ¡Claro que sí! De eso se trata.
Como virtud, implica un trabajo personal. Se adquiere mediante la práctica y no se trata solo de apariencias y de hablar bien por quedar bien, la idea es llegar a apreciar sinceramente lo bueno que haya en otro, de cultivar y mantener una actitud positiva frente a las capacidades del otro y valorarlas, anteponerlas a sus errores y buscar no solo evitar hablar mal y criticar, sino propagar el buen nombre y las potencialidades de quienes nos rodean.
Aunque evitar hablar mal del otro también obedece a ciertos principios de cultura y etiqueta, la invitación es a ir un poco más lejos y poner la benedicencia en el elenco de los valores que nos propongamos conquistar. Apartar la murmuración, el chisme, la crítica, hasta nos hará más saludables, más serenos, más sanos, que los demás nos vean más radiantes y con seguridad generará en nuestro propio medio un poco más de paz.
Si descubrimos, cultivamos y practicamos la benedicencia (que nada de difícil tiene), el título de este artículo entonces no será verdad.