Histórico

Escenas de terror, dolor y alegría

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26 de enero de 2010

El pasado 12 de enero, después de las 17 horas, el mundo se estremeció al conocer las primeras noticias sobre las terribles consecuencias del terremoto acaecido en la República de Haití, a solo 15 kilómetros de Puerto Príncipe, su capital.

Esta Nación, ubicada en la parte occidental de la isla que comparte con la República Dominicana, que limita al norte con el océano Atlántico y al sur y oeste con el Mar Caribe y cuenta con una población aproximada de 10 millones de habitantes asentados en una extensión de 27.750 kilómetros cuadrados, ha sufrido toda clase de ocupaciones y luchas racistas; fue colonia de España y luego de Francia y proclamó su independencia el 1 de enero de 1804, tras una cruenta guerra que condujo a la extinción de la esclavitud y del comercio de personas, constituyéndose en el primer país de América Latina en obtener su liberación a través de un proceso revolucionario de carácter abolicionista.

Posteriormente y durante 19 años sufrió la invasión por parte de Estados Unidos, fue objeto de bloqueos económicos y de falta de reconocimientos y desde ahí su sistema democrático ha estado sujeto a los vaivenes de la violencia política, golpes de Estado y dictaduras militares, cobijadas todas bajo un manto de corrupción que ha postrado a más del 80% de la población a la miseria absoluta, con el agravante de que su microeconomía escasamente permite la subsistencia de sus habitantes, siendo por tanto la nación más frágil y pobre del continente.

Haití, además de sus constantes remezones políticos y antidemocráticos, no ha estado ajena a los embates de la naturaleza como son las tormentas tropicales, las inundaciones y terremotos devastadores.

Históricamente se han dado una sucesión de sismos que han golpeado duramente la isla; en 1946 se registró un terremoto de 8 grados de magnitud que afectó duramente a la República Dominicana, y por ende a Haití, originando este sismo un tsunami con pérdida de miles de vidas humanas.

Pero la posible ocurrencia de esta tragedia estaba pronosticada en un estudio de prevención de terremotos realizado por C.DeMets y M.Wiggins-Grandison en 1992, el cual planteaba que, ante la posibilidad de que la falla de Enriquillo estuviese al final de su ciclo sísmico se podría dar un terremoto de magnitud 7.2 en Puerto Príncipe; igualmente un diario de Haití en septiembre del 2008 resaltó los comentarios expresados por el geólogo Charles Patrick sobre el alto riesgo de actividad sísmica en que se encontraba la capital. Y, de acuerdo con los expertos, el reciente terremoto fue sobre la falla de Enriquillo, por lo que no es comprensible ni aceptable la desprotección en que se encontraban los habitantes, especialmente los más vulnerables por la fragilidad de sus viviendas y sitios de trabajo.

La realidad de lo sucedido rebasa la crónica y la opinión; hoy el mundo observa con asombro las imágenes dantescas y conmovedoras en las que el dolor y la desesperanza por la cantidad de muertos, de heridos y de desaparecidos, por la destrucción, por la falta de techo, de agua y de alimento, va en aumento, sin una solución a corto plazo, a pesar de la ayuda internacional. El desconcierto y la angustia se apoderan de cada uno de los sobrevivientes que como judíos errantes corren de un lado para el otro en la búsqueda de un pan, de una frazada o de una mínima atención.

Debemos destacar y agradecer la labor heroica y encomiable de todos los voluntarios y organismos de socorro de tantos países que, de una manera generosa, desinteresada y exponiendo sus propias vidas, han acudido para ayudar a las víctimas de uno de los peores desastres de la historia de la humanidad; y, cómo no alegrarse también con sus escenas de júbilo en medio de la tragedia, cuando a pesar del tiempo transcurrido, aún logran rescatar de entre los escombros a seres humanos con vida.

Ha sido abundante la ayuda brindada por muchos estados del mundo, pero esperemos que las potencias y países más ricos, así como los organismos multilaterales -Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Banco Interamericano de Desarrollo, etc.-, no se limiten a una caridad coyuntural, sino que reflexionen y proporcionen sostenidamente el apoyo que esta sufrida nación demanda para renacer de sus cenizas y para lograr el desarrollo humano y productivo que conduzca a una definitiva estabilización política, económica y social, iniciando con la condonación de la deuda externa.

No obstante, todos estamos llamados a extender nuestro abrazo solidario al pueblo haitiano, y dentro de las posibilidades económicas y de gestión de cada quien, a contribuir generosamente con los recursos necesarios para asegurar la recuperación de la salud de los sobrevivientes y la reconstrucción del entorno que requieren para llevar una vida digna.