¿Esclavitud siglo XXI?
Veamos cómo es la vida de un trabajador, empleado, esclavo del siglo XXI. En primer lugar la levantada cambia de hora de acuerdo con el domicilio del paciente. Hay quienes deben estar en pie a las cuatro de la mañana y otras se pueden dar el "lujo" de dormir hasta las siete. Para este último horario es obligatorio vivir en el sótano de la fábrica donde se labora o ser guardaespalda del gerente. Después de las cuatro las incorporadas siguen hasta las cinco y las seis.
Entra el esclavo al baño después de hacer cola con otra gente de la casa o con inquilinos si así es la cosa. Salida del baño y entrada a la barba con una cuchilla que ha cumplido su ciclo y ahora arranca pedacitos de piel. Sigue el vestirse generalmente con unos bluyines que con estos fríos amanecen tiesos como unos zamarros del siglo XIX. Luego, entre pequeños menesteres, tomar chocolate, café o aguapanela y morder como a traición una arepa con quinientos pesos de quesito.
Listo el pollo para salir a enfrentarse con el mundo y con un supervisor con cara de sargento primero que espera cerca del reloj marcador. Y el resto, pues el resto completa ese suplicio de una levantada con las primeras luces. En enfrentamiento con papeles, martillos o automotores, con cualquier elemento de esos que hacen imposible lo que hace bastantes años llamaron vida nuestros antepasados, que en paz descansen mientras nosotros nos rompemos el lomo.
PAUSA. Hay pobres que tienen carros convertibles... convertibles en chatarra.
BEIJING. Era bueno cuando decíamos Pekín, porque ese Beijing de ahora tiene un sabor a no sé qué y cuando se dice no sé qué es porque uno no sabe, total que se deja la solución a los lectores. Pero en verdad no es la palabra el objetivo de esta nota. Lo que quiero decir es algo que me sigue sorprendiendo entre el mundo de los deportistas cuando no se ganan el primer puesto. Parece que ser segundos o terceros es un castigo o se quiere señalar que es una soberana injusticia no haber sido primeros.
Esa postura tiene un fuerte tufo a vanidad porque simplemente se quiere mostrar al primero como si fuera el segundo o por lo menos que no merece la posición ganada. Sólo esos deportistas inconformes olvidan que sólo con el competir ya se ha ganado y que el deportivismo no permite esas maneras casi repugnantes de molestarse y sentirse mal por el puesto conseguido.
Es lastimoso que a los competidores de justas tan brillantes como son las olimpiadas no se les enseñe a recibir con elegancia y hasta con agradecimiento, el lugar que han ocupado en la competición. Ese "ya ven cómo me quitaron la medalla de oro, cuando yo la merecía" no es cosa de sujetos y sujetas que sólo son fuertes por fuera. Y recuerdo aquel verso de Neruda: Señor, has que muera en la tarde este viejo deseo de vencer...