Histórico

Escultores del alma humana

CON MÉTODO DE Sócrates, el filósofo griego, el escultor Julio Londoño enseña a salir de una vida vacía o llena de vicios. El arte salva.

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06 de noviembre de 2011

Quién habría de pensar que con base en preguntas y martillazos, un hombre como Ricardo Ochoa hubiera abandonado su destino de gamín, que parecía inexorable.

Tanto las preguntas como los martillazos se los ha propinado Sócrates. Dirán que el filósofo griego está muerto hace 2410 años y, por tanto resultaría imposible que ese hombre hubiera llegado hasta nuestra ciudad y nuestro tiempo con su mayéutica, es decir, su método de preguntas para conseguir que el mismo Ricardo encontrara dentro de sí las respuestas de su vida. Pero sí es posible: el pensamiento del genio de la época clásica sigue vivo en el Centro Artístico y Cultural Sócrates. Su líder Julio Londoño, el artista plástico, considera que ese es el método indicado para restaurar las relaciones entre los seres humanos y de éstos con la Naturaleza, como decía su inspirador.

Y ese método se complementa con los martillazos del oficio de escultor que practicaba el padre del filósofo, Sofronisco -bueno, algunos historiadores lo rebajan al humilde pero no menos noble de picapedrero de una cantera, aunque si se piensa bien, ambas labores están emparentadas-. Dando martillazos al mármol se martilla sobre las preguntas básicas de la existencia: quién soy yo y para qué estoy en el mundo, porque "más que tallar la piedra, se van tallando las personas", es algo de lo cual está convencido Julio.

En cuanto a Ricardo, él nació hace 28 años en el seno de una familia de Blanquizal, formada por un hombre de 79 años, quien ya hacía tiempos había terminado de criar a sus hijos en otro hogar, y una chica de veinte años, inexperta. Ese hombre murió y la mujer enloqueció, tal vez al verse sola y con cuatro bocas qué alimentar, además de la suya.

Así, Ricardo optó por irse de casa antes de los siete años. Se arrojó a la aventura y a la soledad y fue a estrenar sus pasos en el sector de Cuatro Bocas, cerca al Jardín Botánico. No pocas veces metía su pequeña humanidad al lecho de la quebrada la Bermejala, en busca de chatarra, de cuya venta derivaba la comida.

"Llegó a suceder que daban las tres de la tarde y uno sin desayunar. Alcanzaba uno a ver un pedazo de pan en la vía. Antes de que uno llegara a tomarlo, un bus pasaba sus llantas por encima y lo dejaba como una delgada lámina. Pero, qué va, pensaba uno, el mejor pan es el hambre. Y corría a despegar los restos del asfalto para comerlos".

Pero la suerte tenía otras cosas guardadas para Ricardo. Conoció a una hermana media suya, Amantina, quien entonces tenía más de sesenta años: hacía parte de ese hogar que había levantado su padre hacía tiempos. Ella se obstinó en sacar a ese muchacho de la calle. Lo llevó al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, institución donde lo acogieron y matricularon en la escuela. Pero más duraba un helado sin dueño a la salida de ésta, que el pilluelo en las aulas; se fugaba. "La calle era un imán. Para un muchacho sin Dios y sin ley como era yo, ¿cómo no iba a resultar más atractivo estar libre, elevando cometa, matando tórtolas, pegado de los carros, vagando de un lado a otro? A los doce años yo había vivido cosas que otra persona no ha experimentado a los treinta". Pero esa hermana suya seguía insistiendo en su empeño de sacarlo de las calles. "De Palestina, una institución de La Ceja, me volé también y volví a Medellín en la quinta rueda de una tractomula, o sea, debajo de la carrocería. Llegué todo magullado de sentir la vibración a casa de mi hermana y me dijo: '¿usted qué está haciendo aquí?' '¡Pues, me volé!', le respondí. Me llevó a Superarse y allí me recuperé". Por fortuna, considera Ricardo, nunca incurrió en vicios. Tal vez eso haya hecho un poco menos complicado organizar su vida. Estando en Superarse, Cristian Toro, un hombre que quería patrocinarlo, le sugirió que aprovechara el talento artístico y encontrara un maestro en artes que él se lo pagaría. Ya Ricardo había dibujado y pintado por su cuenta. Con pinturas ha pagado algunas cosas, como las consultas con el psicoanalista Juan Guillermo Uribe. "Es una eminencia. Cuando trabajé en una panadería, le pagaba con pasteles".

Ricardo no desaprovechó la oferta de mecenazgo ofrecida por Toro. Estuvo en el taller de un afamado acuarelista, aprendió técnicas, pero no se encontraba a sí mismo.

Caminaba todos los días por el barrio Prado, en su camino hacia el metro, pues vive en Palos Verdes. Pasaba invariablemente por la carrera 46, sobre la cual queda Sócrates, sin saber que dentro de esa casa estaba el mundo feliz que él imaginaba. Cuando golpeó la puerta de esa casa marcada con el número 60-55, ante sus ojos aparecieron personas pintado sobre lienzos; otras, esculpiendo en piedra; las demás, dibujando sobre papeles; también las había modelando en arcilla figuras de humanos o animales. "¡Esto sí es una escuela de artes!" Exclamó. Y decidió quedarse. Después habría de darse cuenta de que la obra que Julio y los demás profesores le enseñarían a crear sería la de su propia persona.

"No sólo aprendí que para formar el color de la piel de ese desnudo debía mezclar rojo, violeta, azules, amarillo y más colores en mi paleta, sino que encontré la libertad de ser yo. Me encontré con el ser humano, la persona que soy", lejos de la hipocresía. Ésta ha tenido tantos rostros en su vida, que cuando el profesor William Chalarca le pidió, lo mismo que a sus compañeros, que escogiera un tema para explorar en la plástica, no dudó en incluirla. No hay cuadro suyo en el cual ella no mire desde su máscara.

Ya su vida no es la del trashumante de las calles. Su trashumancia está entre su casa, Sócrates y la escuela de Presencia Colombo Suiza, donde enseña lo que aprende.

Del fondo de una copa
A Sandra Giraldo también la salvó el arte. Dejó la vida callejera, de alcoholes mal tomados alrededor del Parque del Periodista y optó por entrar a Sócrates. Desde entonces ha visto morir a varios de sus amigotes y a otros amanecer tirados en la acera. Pero ingresar a Sócrates y abrazar la vida saludable no fue tan fácil como quedó expresado.

Hija de una mujer "muy curiosa para las manualidades" y nieta de pintor, ella se había inclinado por el arte desde que era una niña. Toca la viola. Aprendió en la red de escuelas de música, de donde salió cuando dejó de ser menor de edad. Y pintaba paisajes en porta objetos de microscopio para vender en San alejo. Bueno, esa era su intención, venderlos, pues creía que la gente compraba más fácilmente esas obras pequeñas que las grandes. Pero no era así. Fue su mamá, Patricia, quien decidió adquirir esa producción. La mujer curiosa los enmarcó todos en un solo cuadro y puede observarlos en una de las paredes de su casa.

"Un día pasé por Sócrates y vi un puma de piedra en la entrada que me llamó la atención. No podía creer que lo habían hecho aquí y entré para quedarme". Julio le dijo que había una beca para ella. Pero era muy inconstante. Y eso de llegar amanecida, enguayabada, con su organismo intoxicado por el alcohol, le hacía una chica inestable, alterada, que no se hallaba en ninguna parte, que iniciaba un cuadro aquí, un dibujo allá y cuando menos lo pensaban estaba más bien barriendo la casa. Y no le podían hablar ni corregir. Fue el mismo Julio quien la puso contra las cuerdas, como se dice en el boxeo -a propósito, en medio del patio central, en el que pintan cuando no llueve, hay un saco de box para que los estudiantes desfoguen la ansiedad dándole golpes-: la obligó a escoger entre el alcohol y el arte. Le advirtió que estaba en riesgo de perder la beca. Y ella se fue por el arte. De eso lleva seis meses.

Cuando el profesor William Chalarca le pidió, lo mismo que a sus compañeros, que escogiera un tema para explorar en la plástica, no dudó en incluir la viola. No hay cuadro suyo en el cual no esté la elegante forma del instrumento. Una escultura suya, hecha en yeso, que representa el torso desnudo de una mujer, tiene un arco roto clavado en el corazón.

Vive contenta de no tomarse un trago. Aprendió de Julio que uno puede estar toda una noche conversando con amigos o bailando, sin ingerir licor. "Ya me embriago con mis obras de arte" y dictando clases de viola en la escuela de Gorditos de Corazón, donde enseña lo que aprende.