Histórico

Este grito resuena sobre las tablas

EL MONÓLOGO A veces grito es un montaje de la Casa del Teatro de República Dominicana, que se presenta en el Teatro Oficina Central de los Sueños. Un drama, con escenas cómicas y líricas, donde el público no pasa desapercibido.

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27 de abril de 2011

La catarsis pasa por la silla. Cuando juega con ella, se monta encima, la pone al revés, ni la determina. Cuando mueve exactamente los zapatos en el escenario o habla del abuelo y de la infancia y los ojos le brillan hartísimo. Y le dice al público, puede ser, o al psiquiatra, que se llama Juan y que, infortunadamente, tiene apellido.

Juan es un joven que no ha pasado los 20, y va por primera vez al psiquiatra. Algo le pasó cuando estaba niño y sigue atormentado todavía. A veces, incluso, grita.

"Hay muy poco utilería. Todo es con el cuerpo y el juego con el público, que participa de la obra", explica Alejandro Vásquez, el único actor. A veces grito es un monólogo, aunque pareciera, por momentos, que no está solo. Que el psiquiatra está, que los padres están, que la gente está.

La obra es de la Casa del Teatro de República Dominicana. Alejandro, que es colombiano, se fue mes y medio para su realización. Lo mismo hizo Raúl Martín, el director, que es cubano. Y trabajaron en la puesta en escena, que no se hacía desde 25 años, y que en Colombia es la primera vez que se presenta.

"El montaje lo hicimos contra viento y marea, por el esfuerzo que hicimos para ir hasta allá. Todo por hacer teatro", cuenta el protagonista.

La obra es de Freddy Ginebra, el director de la Casa del Teatro, y un personaje reconocido en las tablas y la televisión del país centroamericano. La escribió hace 45 años, tanto tiempo atrás, que incluso hubo que transcribirla, porque estaba en papel. La puede ver hoy y hasta el sábado, a las 8:00 p.m., en la Oficina Central de los Sueños.

Tiempo hasta para cantar
A veces grito es una búsqueda existencial, que si bien no tiene pretensiones de transformar al público, porque la intención principal es que la gente la vea, la sienta y se divierta, muchas personas, en varios momentos, sí se identifican. No es que vaya dirigida a alguien, pero, ha pasado, según cuentan en la reseña, que algunos lloran y que otros confiesan que estuvieron a punto.

"Es muy leíble, con un lenguaje para todos, muy tranquilo y muy humano", señala Alejandro.

Y aunque es un drama, no deja de ser cómico y poético. "El hombre de hoy no tiene tiempo para pensar. Acepta y se acabó", dice el personaje, en un tono que pasa de lo suave, a más fuerte, indagatorio, tal vez, mientras anda sentado en la silla, con la mirada fija en cualquier cielo.

Está amarrado, de esquina a esquina, a una de esas camisas de fuerza. Al fondo, un lugar acolchonado, verde (depende de la luz), con unas figuras extrañas. Se mueve con fuerza, queriéndosela quitar, alejpandose de la tormenta que tiene encima. Se mueve ahí en su locura y luego llega el psiquiatra y Juan habla y habla y cuenta tantas cosas, que le queda tiempo, ya liberado de las ataduras, y en cambio sí con una camisa de lucecitas, para cantar Caracoles de colores , el vallenato de Diomedes Díaz. Entonces no se responde por el corazón. Que grite el que quiera.