Fútbol y Mundial, luego existo
A mí me encanta el fútbol porque no tiene dueños, aunque la FIFA, el señor Blatter y algunos empresarios oportunistas que se llenan los bolsillos con las gambetas de los jugadores crean que lo son.
Un mar de personas vive de este deporte (270 millones, según cifras de internet). Para vaciar o para llenar sus arcas. Por supuesto, son muchos menos los primeros y muchísimos más los segundos. Es un negocio. No hay duda. Un negocio rentable, poderoso, millonario y, por eso mismo, a veces pervertido por tantas ambiciones y botines en juego.
Pero, me pregunto, ¿qué haríamos sin el fútbol quienes ya estamos enviciados, alienados y dominados por él? ¿Acaso hacer crucigramas, ver telenovelas y discutir con las mujeres sobre el mercado y los servicios públicos? ¿O escuchar música y leer libros a todas horas? Lo primero me suena demasiado doméstico y cantado. Y lo segundo, exageradamente pretencioso e individualista.
No me importa que haya quienes nos llamen a los que vamos al estadio "masa de brutos, malolientes -y malnacidos-" o que Jorge Luis Borges sostuviera que "el fútbol es popular porque la estupidez es popular".
Generalmente quienes odian el fútbol es porque en su infancia tuvieron alguna frustración en torno a él. Eran los petardos de la cuadra o del colegio u odiaban sudar y ensuciarse persiguiendo y pateando un balón. Les parecía rudimentario e inoficioso. O simplemente nadie los quería en su equipo y debían conformarse con ver el partido desde el murito de la cancha o desde las aceras que rodeaban las porterías.
Hay quienes se ocupan de escribir ensayos dispendiosos y barrocos contra el fútbol y su espectáculo. Es gente muy culta que padece cierta impotencia para disfrutar una discusión con un obrero sobre si una patada o una mano fueron pena máxima o no. Les disgusta que algún fanático les chispee saliva y cerveza mientras canta un gol. Y menos les atrae comer tripas fritas y morcilla en medio de una revuelta de aficionados irracionales y bufones.
Señores, pero si esa es la gran virtud del fútbol: nos iguala. Nos nivela por abajo, sin que valga pedigrí alguno. Ni siquiera excluye a quienes físicamente parecieran impedidos: Garrincha era cojo. Maradona, un enano. Incluso, el francés Ribery, con su pinta de Jorobado de Notre Dame, levanta modelos de Vogue. Y el hijo de desharrapados inmigrantes argelinos, Zinedine Zidane, puso el Bernabéu y la realeza del Madrid a sus pies.
Es igual que cuando voy a los barrios populares a ver algún partido de divisiones inferiores. Entonces, allí, para el pueblo llano, no existe la pobreza. Ni la riqueza. Solo el dominio que cada quien tiene de una pelota, sin importar cuán rota esté. Y el saber de ese lenguaje es su patrimonio.
Nunca lo había hecho, pero ayer se me ocurrió preguntarle a mi hijo qué siente cuando juega al fútbol. Él respondió: "emoción. Escalofrío. Es como si nada más me importara. Cuando juego, nada más existe". A mí me pasa igual. Por eso este mes que viene solo existen el Fútbol y el Mundial. No me molesten.