Histórico
Reconocer a las mujeres
Autora
Victoria Camps
Profesión:
Filósofa
Nacionalidad:
Española
Contexto
"El reconocimiento significa asentir con todas sus consecuencias a la realidad del otro. Lo que quiero preguntarme aquí es hasta qué punto podemos considerar que la condición femenina -digámoslo así- se encuentra reconocida en un mundo desarrollado, democrático y con estados de derecho. Me refiero a la condición femenina no en abstracto, sino en la doble acepción de: 1) el mundo de las mujeres, con toda su idiosincrasia, sus preferencias, sus necesidades; 2) la mujer como individuo igual y libre. Ambas acepciones no constituyen una misma cosa pero están emparentadas. No podemos evitar hablar de las mujeres como grupo en la medida en que aún existen discriminaciones que las marginan de ámbitos sociales y les impiden sobre todo llegar a tener poder. Pero el objetivo último no es el reconocimiento del grupo como tal, sino el de las personas como individuos distintos unos de otros, sean hombres o mujeres...".Son las palabras Victoria Camps, profesora de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona, de quien presentamos un fragmento de su texto Reconocer a las mujeres. Ella es invitada por Ateneo Porfirio Barba Jacob al seminario Ideas de Ciudad, que se realizará entre el 28 y el 30 de agosto, con el apoyo de la Secretaría de Gobierno de Medellín. Ética y política, las mujeres en el siglo XXI y los medios de comunicación hacen parte de los temas que tratará.
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01 de enero de 1900
- Más allá de leyes y fórmulas.
La naturaleza del respeto ha sido analizada recientemente por el sociólogo Ricard Sennet, a partir de la consideración de una serie de situaciones empíricas que dejan ver precisamente la inexistencia del respeto mutuo. Lo interesante de la investigación de Sennet, para el tema que estoy tratando, es la relación que establece entre el respeto y la autonomía de la persona.
Reconocer al otro es reconocer su autonomía. Explica Sennet que la falta de respeto consiste en aquella relación en la que el otro sencillamente "no es visto", es ignorado por la prepotencia del sujeto que mira. Pero, además, el respeto empieza siempre con un "error de identificación".
En los primeros contactos de cualquier tipo -sexuales, materno-filiales, laborales, lúdicos- el otro es sólo una proyección nuestra, de lo que vemos o queremos ver en él o ella. Sólo posteriormente reconocemos que lo imaginado con respecto a los demás es falso.
Ahí empieza la relación respetuosa. Por ello, cuando el individuo empieza a tratar al otro con respeto, considerándolo como alguien distinto y no mera proyección de uno mismo, es cuando ese otro adquiere su calidad de ser autónomo y toda su dignidad. Pues la autonomía no es sino el "reconocimiento de la alteridad".
El otro es, realmente, otro, no una prolongación de mi ser. Reconocerlo es otorgarle esa autonomía propia. Uno mismo desarrolla su autonomía a medida que aprende a distanciarse de los demás y diferenciarse de ellos, lo cual no implica necesariamente aislamiento. La relación con los otros se mantiene, pero cada cual es cada cual. Pero lo importante aquí no es tanto cómo uno adquiere autonomía, sino cómo los otros se la conceden.
Una concesión que -afirma Sennet- "no es fija ni irrevocable", sino que "se renueva constantemente en la vida subjetiva, se pierde y se gana en la medida en que las condiciones sociales cambian". La autonomía se construye sobre la base de una relación de "simpatía", de sentir lo mismo que el otro, pero no se consigue hasta que uno se da cuenta de que él y el otro no son el mismo, supera el "error de identificación" mencionado antes. Yo me reconozco diferente del otro porque reconozco al otro como alguien que difiere de mí. Y ese ritmo sucesivo de identificación y diferencia incluye la posibilidad de que yo deje de entender al otro.
Ahí está la clave del respeto y del auténtico reconocimiento: en aceptar del otro precisamente aquello que no entendemos. Psicólogos como Winnicott defienden que la aceptación de la realidad del otro fortalece el propio carácter, ya que es difícil que alguien que carezca de confianza en sí mismo exprese admiración por los logros de los otros. Así, el reconocer la valía del otro es una señal de la propia valía.
Esta concepción de la autonomía coincide con la "solidaridad social" que Honneth reclama a las sociedades postradicionales. Característica de estas sociedades es que no son las desigualdades las que determinan la manera como el individuo se siente a sí mismo. El sentido del honor se ha debilitado, "la conciencia reemplaza al honor", porque el papel y el estatus se separan del individuo. Como dice Peter Berger, "en un mundo de honor, el individuo descubre su verdadera identidad en sus roles, y rechazar los roles es rechazarse a sí mismo ( Hoy) el individuo sólo puede descubrir su verdadera identidad emancipándose de los roles que la sociedad le impone, que sólo son máscaras que lo enredan en la ilusión" (cit. Sennet, pág. 219). Sennet rubrica su ensayo con las siguientes palabras: "El tipo de igualdad que he defendido en este libro se basa en la psicología de la autonomía. Más que una igualdad de comprensión, la autonomía significa aceptar en los otros lo que no podemos entender de ellos La concesión de autonomía dignifica a los débiles o a los extraños, los desconocidos; hacer esta concesión a los demás fortalece a la vez nuestro carácter" (pág. 264).
Conquista de la individualidad
Hasta aquí he hecho escasas referencias a las cuestiones de género pues me parece obvia y fácil la extrapolación de todo lo dicho a los problemas que afectan al género femenino. Si destacamos únicamente tres de esos problemas: la violencia doméstica, las discriminaciones laborales y el difícil acceso de las mujeres a las posiciones de poder, tenemos ahí tres muestras de no reconocimiento evidente o de no valoración de determinadas maneras de ser por el hecho de que el sujeto de tales maneras es femenino.
Ejemplos de que el supuesto amor que subyace a la relación entre los sexos en demasiadas ocasiones encubre una pura dominación sexual, de que el reconocimiento jurídico no se traduce en una auténtica igualdad de oportunidades. A muchas mujeres les falta ese bien básico que Rawls denomina: "las condiciones sociales del autorrespeto o de la autoestima". Muchas mujeres no pueden quererse a sí mismas ni respetarse porque no son reconocidas ni respetadas socialmente.
No lo son porque carecen de la autonomía o independencia necesaria para construirse una identidad como individuos. Y no tienen tal autonomía porque no son reconocidas.
Es un círculo difícil de romper. Da la impresión de que las mujeres se encuentran desubicadas estén donde estén: si realizan sus tareas más tradicionales -las tareas del cuidado- porque no han conseguido aún que dichas tareas estén bien repartidas entre hombres y mujeres; si, por el contrario, realizan funciones tradicionalmente consideradas "masculinas" se les reprocha que hayan adquirido los peores atributos del género masculino.
Que sean agresivas, competitivas, frías, duras. La expectación que produce el funcionamiento de una mujer en un escenario hasta ahora habitado sólo por hombres es una señal de que el reconocimiento está todavía en cuestión: depende de lo que haga, de que demuestre que es capaz, una condición que al hombre se le suele dar por supuesta. La frase de Mill: "La mayor parte de los miembros del sexo masculino aún no pueden tolerar la idea de vivir con un igual", aún vale en nuestros días.
Parece que la forma más rápida y eficaz de resolver la asimetría entre el reconocimiento o respeto debido a hombres y mujeres tiene que ir por la vía de la "acción afirmativa" o "discriminación positiva" en el sentido más amplio y extenso. De hecho, es también la solución que propone Rawls para corregir las desigualdades de oportunidades que afectan no sólo a las mujeres sino a los más desfavorecidos. Lo que les falta a muchas mujeres es esa autosuficiencia o autonomía que permite al individuo afirmar su valor ante el otro. Sólo medidas jurídicas, que favorezcan prioritariamente a los discriminados, y les den más educación, un trato preferente, más oportunidades, conseguirán las desigualdades.
La autonomía social, moral o política pasa por la independencia económica, la cual requiere apoyo externo al sujeto. Los malos tratos, en efecto, no se solucionan con simples medidas jurídicas que contribuyan a identificar y reducir a tiempo al maltratador, pero la solución requiere esas medidas. Por lo que hace a esa valoración social, siempre más difusa, también ha de basarse en un reconocimiento jurídico explícito, aunque sea cierto que ni el respeto ni el reconocimiento social se consigan a golpe de decreto.
Ahora bien, se me dirá que en los estados democráticos de derecho el reconocimiento jurídico ya existe. Todos los sujetos, incluidas las mujeres, tienen los mismos derechos civiles, políticos y sociales. Incluso, hay que añadir, las mujeres se benefician más que nadie de las prestaciones del estado de bienestar que las ha descargado de muchas tareas que antes realizaban en exclusiva. Esto es así y, sin embargo, ni siquiera en las sociedades desarrolladas es plenamente satisfactoria y equitativa la situación de la mujer. No lo es porque las políticas de igualdad se han dedicado casi exclusivamente a la promoción del bienestar, una promoción, en muchos casos, paternalista y pasiva ya que no eran las mujeres -no podían serlo- sus impulsoras.
El bienestar es primordial, pero -como dice Amartya Sen- lo que hace falta, además, es subrayar el papel activo de la agencia de las mujeres. "Las mujeres han dejado de ser receptores pasivos de la ayuda destinada a mejorar su bienestar y son vistas, tanto por lo hombres como por ellas mismas, como agentes activas de cambio: como promotores dinámicos de transformaciones sociales que pueden alterar tanto la vida de las mujeres como la de los hombres". (Sen, Desarrollo y libertad, cap. 8).
La capacidad para ganar una renta independiente, para trabajar fuera del hogar, tener derechos de propiedad, saber leer y escribir y tener un nivel alto de educación, todo ello ha contribuido a mejorar ciertos aspectos de la vida familiar -la salud y supervivencia de los hijos, la reducción de la fecundación-, como para hacer que las mujeres pudieran funcionar y desenvolverse por sí mismas.
Autocomprensión
Si la primera medida son las políticas equitativas, la segunda es corregir la autocomprensión que incluso la mujer tiene de sí misma y que le impide reconocerse como apta para muchos funcionamientos o que le impide exigir el reconocimiento adecuado.
Mill se dio cuenta de la dificultad cuando observó que "las mujeres son educadas desde su niñez en la creencia de que el ideal de su carácter es absolutamente opuesto al del hombre: se les enseña a no tener iniciativa y a no conducirse según su voluntad consciente, sino a someterse y a consentir en la voluntad de los demás" (Mill, La sujeción de las mujeres, pág. 173).
La dependencia ha sido un valor de las mujeres, y sigue siéndolo, aunque no sea políticamente correcto expresarlo así. Ellas tienen que despojarse de los estereotipos tradicionales, a la vez que los hombres han de vencer también su tendencia ancestral a no reconocer valores en las mujeres. El mismo temor de muchos hombres a introducirse en los estudios de la mujer no es sino un síntoma de que lo consideran un ámbito que no va con ellos, en definitiva, no reconocible.
Keynes entendió el estado de bienestar como un sistema para "promover la justicia social y económica al mismo tiempo que el respeto y la protección al individuo, su libertad de elección, su fe, su pensamiento y la expresión del mismo, su iniciativa y su propiedad".
La cita la recoge Sennet (pág. 180) subrayando ese "al mismo tiempo", pues si el estado social sólo consigue proteger a las personas, en abstracto, pero no consigue que se respeten mutuamente, se habrá quedado a medio camino de sus objetivos. Añade Sennet: "El trato respetuoso a la gente no se consigue simplemente ordenándolo. El reconocimiento mutuo ha de negociarse; esta negociación compromete tanto las complejidades del carácter personal como la estructura social" (pág. 262).