Importante, pero no suficiente
La lloviznita no auguraba nada bueno en Santa Marta, pero al fin los presidentes llegaron a un acuerdo que algo contribuye a restañar las heridas de cada lado. ¿Es este el comienzo de un futuro prometedor para la relación colombo-venezolana o se trata apenas de una curita para una herida sangrante y abierta? Ambos presidentes dijeron estar partiendo de cero y no utilizar el pasado para basar en él las relaciones del futuro. De ser así, estaríamos frente a un paso de avance no para integrarnos, sino para tratar de convivir con las diferencias, lo cual es importante, pero no suficiente.
Los elementos de desencuentro que siguen en el tapete entre Colombia y Venezuela tienen que ver con la seguridad nacional y con la alineación política de cada país. En el terreno de la seguridad, Venezuela cuestiona la cooperación militar que Estados Unidos le presta a Colombia. Y el país vecino rechaza la presencia guerrillera colombiana en nuestra tierra. Y, en el campo de lo político, Venezuela tiene un gobierno que preconiza y desea exportar un régimen radical comunista, mientras el gobierno colombiano ha escogido un modelo liberal capitalista que el comunismo, por lo general, combate con armas poco ortodoxas.
Pretender avenirse en torno a estas diferencias es una tarea compleja, porque cada país se siente amenazado por el vecino y las desconfianzas mutuas no se resuelven ni con la firma de un protocolo de cooperación ni con la creación de comisiones.
La reunión de San Pedro Alejandrino es solo un punto de partida. Es la hora cero de un entendimiento futuro que se debe ir armando paso a paso, con reuniones bilaterales que van a ir acordando los detalles en muchos campos, siendo la recuperación del comercio el más sencillo, si Venezuela otorga permiso para el pago a exportadores colombianos de 800 millones de dólares que se quedaron colgados desde la ruptura comercial hace más de un año.
Colombia no prometió nada en cuanto a suspender la cooperación con los Estados Unidos mientras que el presidente venezolano aseguró, con mucho énfasis, que la narcoguerrilla terrorista colombiana no cuenta con apoyo del gobierno de Venezuela. Al leer la prensa colombiana es claro que los neogranadinos no le otorgan ningún crédito a estas augustas y esdrújulas palabras presidenciales, que contrastan con la montaña de pruebas sobre el accionar guerrillero en nuestro país que Álvaro Uribe exhibió en la OEA.
El seguimiento milimétrico que Colombia va a hacer de este tema -la expulsión de los cabecillas guerrilleros de Venezuela y de los 1.500 efectivos insurgentes- es lo que va a determinar si la relación se consolida o si se destruye.
Hay un elemento positivo del pasado encuentro y es que entre la cordura de Santos y la simpatía que Chávez enarbola en estos delicados episodios se le ha bajado el tono a la diatriba. Y eso es ganancia neta.
Ello es importante, pero tampoco suficiente. Gestos de acercamiento como el del martes pasado los hemos visto en más de una ocasión los venezolanos para que la luna de miel termine siendo corta y la ruptura cada vez más dolorosa. Nombrar embajadores en Bogotá y en Caracas es sencillo. Reanudar las relaciones comerciales se decreta con prontitud.
La recuperación de la confianza perdida por parte de los verdaderos artífices de la sinergia colombo-venezolana es algo que requiere de mucho empeño, pero más que nada de un compromiso honesto.