Histórico

Indignados, un grito de cambio

La protesta de los jóvenes en el corazón de Nueva York se extiende por varias ciudades de los Estados Unidos, mientras en Bruselas los llamados Indignados españoles preparan la mayor concentración social para pedir cambios en el manejo de la economía y acabar la represión contra quienes siguen en las calles demandando un nuevo liderazgo político.

11 de octubre de 2011

El virus de la insatisfacción que adquirió cuerpo y voz con los Indignados españoles, el pasado 15 de marzo, cuando Madrid tuvo que abrirse a las protestas de los jóvenes desempleados y hastiados de los políticos, ha seguido extendiéndose con rapidez por otras ciudades europeas y por Estados Unidos, donde los ecos de la llamada "primavera árabe" aún se sienten.

La presencia desde hace poco más de tres semanas de los jóvenes en el corazón financiero de Wall Street, en Nueva York, y las nacientes movilizaciones en otras ciudades de los Estados Unidos de estados como California, Illinois, Massachusetts, Maryland, Hawai y Texas, van acompasadas con las concentraciones que están liderando los jóvenes españoles en Bruselas (Bélgica), donde este miércoles se prevé la más grande protesta contra las medidas económicas adoptadas por la UE para salvar a Grecia y la represión contra los manifestantes en Atenas.

El primero en advertir los riesgos de una represión contra los jóvenes en Nueva York fue el Presidente Barack Obama, quien no sólo se mostró de acuerdo con las protestas pacíficas, sino que les echó la culpa de las insatisfacciones sociales de los estadounidenses a los propios partidos políticos y a los bancos. Una hábil maniobra electoral con la que Obama pretende capitalizar este descontento para sacar adelante vitales reformas económicas en el Congreso y enderezar el culebrero camino que le permita la reelección en 2012.

Y es que además de que los jóvenes han sido el hilo conductor de este nuevo despertar social, la crisis de liderazgo político de quienes los gobiernan ha jugado a favor de los manifestantes.

Desde España hasta Francia, pasando por Alemania y Estados Unidos, y sin duda con Medio Oriente como botón de muestra, los pronósticos electorales ya no se hacen dentro de las campañas de los partidos, sino en las calles.

Es evidente que la grave crisis mundial ha dejado de ser un tema de debate académico y de confrontación política para convertirse en un impredecible fenómeno de masas y de agitación social que, de no ser atendido con inteligencia y eficacia, podría desembocar en hechos de violencia que agravarían la de por sí delicada situación económica global.

Más que querer tumbar presidentes, lo que los jóvenes estadounidenses y europeos están reclamando son oportunidades de trabajo y educación, y no recortes sociales para tapar los abusos y la irresponsabilidad de muchos gobernantes.

Los vientos de cambio que piden los manifestantes al otro lado del Continente también corren por América Latina, y en tiempos de globalización es mejor pararles bolas, pues pueden arreciar aquí de un momento a otro.

El tiempo de los Indignados no puede asumirse como un peligro para la estabilidad institucional de los países, sino como la mejor oportunidad para convertir el malestar de los jóvenes en el motor de cambio que consolide el valor de la democracia con equidad.