Histórico

Indispensable música de fondo

04 de abril de 2009

Domingo de Ramos
"Se acercaban a Jerusalén. Entonces los discípulos llevaron un borrico y le echaron encima los mantos. Jesús se montó y la gente gritaba: Bendito el que viene en nombre del Señor". San Marcos, cap. 11.

La solemne entrada de Jesús en Jerusalén no fue un sólido triunfo. Aquel entusiasmo, aquellas aclamaciones mesiánicas, motivadas por la persona del Maestro pero además por la reciente resurrección de Lázaro, pronto se disolvieron. El verdadero triunfo del Señor ocurrió luego, según Él mismo había anunciado: "Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí".

El Señor y los suyos habían amanecido en Betania. Tomaron luego el camino de unos tres kilómetros que remontaba hacia el Monte de los Olivos, para bajar luego hacia la capital. Pero antes Jesús tomó prestado un borrico, en la vecina aldea de Betfagé.

Mientras avanzaban, se les unieron muchos peregrinos que llegaban también a celebrar la Pascua. Al encontrar a Jesús, de quien habían escuchado cosas maravillosas, se creó de inmediato un clima de alegría y arrebato.

Los discípulos enjaezaron de afán el asnillo y el Maestro se montó. Otros alfombraban el camino con sus mantos, y gritaban: "Bendito el que viene en nombre del Señor".

Ese día Jesús no rechazó aquella ovación y quiso mostrar su condición de Mesías. El asno era entonces en Palestina la cabalgadura de las personas notables. Y san Mateo, tan amigo de relacionar sus relatos con el Antiguo Testamento, añade un texto de Zacarías: "Decid a la Hija de Sión: He aquí que tu rey viene, lleno de mansedumbre y montado en un pollino".

Esta escena que nos presentan los evangelistas pudiera dibujarse como la trae el apóstol, escribiendo a los filipenses: "Al nombre de Jesús toda rodilla se doble y toda lengua proclame: Jesucristo es el Señor".

Sin embargo ese himno, al comienzo, describe un Viernes Santo: "Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos, hasta someterse a una muerte de Cruz".

La verdadera victoria de Jesús se dio entonces por su muerte y su resurrección.

Las primeras comunidades guardaban en su memoria y en su corazón el triunfo del Maestro: "Él mismo se apareció a más de quinientos hermanos, de los cuales todavía la mayor parte viven", leemos en la carta a los corintios.

Pero no convenía permanecer engolosinados con el triunfo del Maestro. Era necesario recordar ese abismo en el cual Dios se sumergió, única y exclusivamente para hacernos comprender su amor.

En consecuencia, todo lo vistoso y hermoso de la Semana Mayor, todo cuanto oremos y pensemos, ha de mantener una indispensable música de fondo: "Me amó y se entregó a la muerte por mí".

Nuestra vida es un apretado manojo de tareas, preocupaciones, proyectos, y esperanzas. También de dolores y fracasos. Y valdría preguntarnos: ¿Qué espacio ocupa la persona de Jesucristo, en esa trama que se enmaraña y se disuelve, cuando menos lo pensamos?

Si no encontramos, allá en nuestro interior, ningún espacio donde el Señor habite, entonces a pesar del Bautismo, caminamos a solas, hacia una meta desatinada y absurda. Pero aquel estribillo nos sigue repitiendo: "Me amó y se entregó a la muerte por mí".