Invierno: alerta técnica
A la par de la acción social que realiza Colombia Humanitaria, para la atención de los damnificados, tendría que haber una Colombia Técnica trabajando ya en los planes de rediseño del nuevo país, acorde con nuestras circunstancias geográficas y las nuevas condiciones climáticas, con consultores internacionales, si es del caso y el concurso de lo mejor y más serio de la ingeniería nacional.
Más que estar abocados a una reconstrucción, la calamidad que hoy enfrentamos nos obligará a rediseñar un nuevo país, más en armonía con nuestra geografía y con el cambio climático. Para hacerlo no hay que esperar a que escampe, pues quizás sea demasiado tarde y la magnitud del desastre nos habrá desbordado.
La ferocidad con que nos azotan las lluvias, bajo los efectos del fenómeno de La Niña, está provocando el peor desastre en la historia del país. Tres millones de damnificados y la grave afectación de predios en zonas rurales y urbanas, nos ponen ante un reto nunca antes visto, que no se puede enfrentar con buenas intenciones, sino con planes ambiciosos y acciones concretas e inmediatas.
Ya tendría que haberse declarado el país en estado de alerta general, para que en todos los ámbitos del poder institucional, bajo el liderazgo del Presidente de la República, no hubiese otra prioridad distinta a la superación de la emergencia y una proyección a mediano y largo plazo de un país que no naufrague en cada invierno.
Ante la situación que afrontan los damnificados nadie cuestiona que se les brinde la mayor atención. Urgente y acorde. En eso están concentrados los directivos de Colombia Humanitaria, y ojalá sí dispongan de los censos, como siempre tardíos, y de los controles, rigurosos, para que los recursos que están dispuestos lleguen a las personas verdaderamente necesitadas.
Pero las obras tampoco pueden esperar. Ya se desaprovechó la breve tregua que hubo a comienzos del año, entre las dos olas invernales, y lo mismo podría volver a suceder si, como se teme, esta nueva temporada de lluvias llegue hasta junio, y sólo tengamos un veranillo entre julio y agosto, cuando sobrevenga un invierno más fuerte, como históricamente son los de final de año.
Es mucho lo que podría estar haciéndose en materia de obras de ingeniería para mitigar los daños provocados por las lluvias, en las vías y en poblaciones amenazadas por los grandes ríos. Si algo se hubiera hecho antes, el daño hoy no sería tan grave. Hablamos de dragados, de contención de aguas y de limpieza e intervención de taludes. Y lo decimos pensando también en lo que está por venir cuando mermen las lluvias en la zona andina y se trasladen hacia la Costa Atlántica.
Hemos vivido de espaldas a nuestros grandes ríos, como el Magdalena y el Cauca. Y nadie está esperando que hoy en medio de la lluvia se haga el dragado, pero ya tendría que haber un plan, con licitaciones en marcha, para hacerlo. Como tendrían que existir los mapas de la reubicación de las poblaciones destruidas, con los estudios hechos y las firmas contratadas.
En la profusión de cifras que hemos escuchado, se habla de recursos por 4.5 billones de pesos para trasladar pueblos, reconstruir escuelas, apoyar al agro, recuperar vías. Todo necesario, pero más si es oportuno y se logran evitar daños peores, pues lo que se observa es poca acción. Ayer en el debate en la Comisión Sexta del Senado se dijo que hay 753 solicitudes de obras de mitigación por el invierno y sólo cuatro están en ejecución. Para comenzar a recuperar el país, y más si el sueño es levantar uno nuevo, no hay que esperar a que todo se termine de caer o de hundir.