Histórico

¡Ja!

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08 de febrero de 2011

"Ahora que tengo más de 50.000 followers y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡el holocausto fue un montaje!", con semejante trino, Nacho Vigalondo alborotó la pajarera más allá del reino de Twitter.

La polémica pasó "a mayores" porque este director de cine tenía, además, un blog en "El País digital" (España).

Por más hilaridad que nos cause, el humor exige una ética. De hecho, una de las fronteras más difíciles del paso infancia-adolescencia es la del humor: de la burla del niño, que a veces raya con lo siniestro, a la del joven, que se interna en la reflexión entre "lo bueno" y "lo malo"...

¿Cómo me río del amigo que, delante de todo el mundo, se resbala y se echa encima dos tintos incluyendo el mío?

"Fuera de lo que es propiamente humano, no hay nada cómico", escribió el filósofo francés Henri Bergson: he ahí el límite del humor.

Aunque nunca falta la hiena, la mayoría de las personas se ríe por una suerte de terapia y, con frecuencia, tras las carcajadas, alcanza estados reflexivos, casi de liberación. Es por eso que el sentido del humor es uno de los rasgos distintivos del ser humano, la impronta de su sensibilidad.

Los menos sutiles recurren a "efectos especiales" para hacer reír: sueltan palabrotas o se tocan la bragueta. Otros, imponen la stand up comedy , género que no entiendo, y frente al cual confieso que prefiero una sit down tragedy , íntima, con mis amigos, para reírnos de nosotros mismos.

Pero es que, además de una conexión con la inteligencia individual, la risa comporta una significación social; requiere cómplices: de ahí la complejidad del "humor masivo", como el de las redes sociales.

Tina Fey, humorista norteamericana, comentó alguna vez: "Sarah Palin es el mejor personaje [cómico...], viene con el libreto incluido".

En esta frase se evidencia el humor como un guiño colectivo, a la vez restringido, que no requiere explicaciones posteriores.

Discrepo de quienes comparan el caso Vigalondo con la presentación de Ricky Gervais, en los Golden Globes.

El humorista británico ridiculizó a individuos con poder para defenderse -dicho sea de paso, hasta ahora ninguno lo ha hecho con argumentos válidos-. Se burló de un famoso actor homosexual, pero no por su condición de gay, sino por falsear ante "la sociedad" su identidad sexual. Hizo mofa de un octogenario ennoviado con una veinteañera, pero no por "enamorarse" a su edad, sino por el riesgo que él mismo, Hugh Hefner, corrió al entrelazar públicamente sus rótulos de "viejo verde" y "viejo ricachón".

Gervais no se burló de una religión ni de una raza. Existe un abismo entre Tom Cruise y un prisionero de Treblinka.

Retomo a Bergson: "Basta que cerremos nuestros oídos a los acordes de la música en un salón de baile, para que al punto nos parezcan ridículos los danzarines".

El discurso políticamente incorrecto es la expresión más lúcida de la función social de la risa. Dejó sin contrato a Ricky Gervais. Y sin vida a Jaime Garzón.

Cuando en un reino los bufones ocupan el trono, no es necesario "tomarse cuatro vinos" para encontrar de quién burlarse.