Jueces y espiritistas
Kaing Gueve Eav, también conocido como el profesor Duch, huyó con su mujer y sus dos hijos de la prisión de Toul Sleng en la capital de Camboya, luego de tres años de arduo trabajo. Era el encargado de vigilar los interrogatorios, dictar las normativas para víctimas y verdugos, archivar la información. Sufría las fatigas y el tedio de un archivero corriente: "Todos los días tenía que leer y controlar las confesiones. Realizaba esta lectura desde las siete de la mañana hasta medianoche. Y todos los días, hacia las tres de la tarde, me llamaba el profesor Son Sen, ministro de Defensa, y me preguntaba cómo iba el trabajo".
El trabajo de Duch iba bien. Bajo su disciplina de profesor de matemáticas, instalado en los salones de un colegio convertido en prisión, murieron más de 15.000 camboyanos. Antes de la muerte debían declarar su traición al régimen paranoico que dirigió Pol Pot entre 1975 y 1979. "En ocasiones los relatos de los presos daban seguridad, no había riesgo. Pero veíamos enemigos y más enemigos por todas partes. Pol Pot, el hermano número 1, el jefe de todo, no estaba satisfecho con esa afirmación; era demasiado normal, había que sospechar siempre, temer algo, y llegaba la petición: 'Interrogadlo otra vez, interrogadlo mejor'".
Era cuestión de apretar un poco las tuercas. Se seguía la misma lógica del Gulag organizado por Stalin. Las torturas no eran para obligar a revelar un hecho sino para conseguir un personaje que protagonizara una ficción. "Ninguna respuesta servía para evitar la muerte", ha dicho Duch. "La muerte soluciona todos los problemas. No hay hombre, no hay problema", había dicho Stalin.
Al momento de huir, acosado por las tropas vietnamitas que derrocaron a los Jemeres Rojos, Duch tomó una de las rutas del hormiguero de refugiados que recorría el país. Caminó contra la corriente mayoritaria que regresaba desde granjas agrícolas a las ciudades desocupadas y desapareció durante veinte años. Se confundió con las víctimas, fue capaz de convertir el remordimiento en dolor. Escondió sus enormes dientes de piedra, se bautizó con el nombre de Hang Pin y se dedicó al comercio en una aldea campesina. Un vendedor de baratijas. Más tarde volvió a sus días de maestro ejemplar en una escuela de campo: "Parecía diferente de los otros profesores. Ellos enseñaban del libro, pero él no. Lo sabía todo de memoria. La mayoría de los estudiantes querían estudiar con él. Si alguien no entendía, él le explicaba hasta que entendiera". Luego se convirtió al cristianismo de la mano de los misioneros gringos quienes de verdad son omnipresentes.
Ahora Duch ha vuelto a los interrogatorios. Es uno de los acusados frente a una corte internacional que lo juzga por crímenes contra la humanidad. Viendo su figura endeble y oyendo sus confesiones y sus súplicas de perdón es imposible no preguntarse si es el mismo hombre. Las víctimas oyen sus respuestas en el tribunal y no pueden encontrar al sanguinario de Toul Sleng. Parece que el tiempo ha hecho imposible la justicia. O al menos la venganza: "Miro a Duch y parece un hombre viejo y muy gentil. Era muy diferente hace treinta años, era un hombre muy cruel". Duch es un converso envejecido y triste y el infierno de Toul Sleng es un museo macabro para turistas franceses. Los jueces se encargan de juzgar viejas pesadillas, de invocar los restos del viejo demonio que todavía pueda vivir en el pellejo de Duch.