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LA ALEGRÍA DE VOTAR

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05 de marzo de 2014

Ahora que tantos hablan y escriben sobre quién es un buen candidato al Senado o a la Cámara de Representantes, de quiénes son los sinvergüenzas que no deben quedar bajo ninguna circunstancia, (así vea cómo para algunos los sinvergüenzas son los buenos y viceversa), yo no aprovecharé este espacio para decirles por quién votar, eso me parece un irrespeto contra ustedes los lectores, una intromisión en el albedrío de quienes considero pensantes, inquietos que no se dejan sorprender por los rostros de siempre en esas vallas tan poco creíbles, sino que se toman el trabajo de mirar más allá de las figuras mediáticas y votan por quien mejor les parece.

No importa que quien mejor les parezca no sea conocido y usted crea que, si mucho, ese candidato sumará apenas un voto: el suyo, lo cual ya diría mucho porque un voto demuestra que alguien más, aparte del individuo, cree en algo y así pueden empezar a marcarse grandes diferencias. En la política uno participa por convicción no por manipulación, en esa medida no siempre es bueno seguir a las mayorías si estas no nos dicen nada. Lo importante es que entre contienda y contienda, con mi voto, deje tranquila mi conciencia.

Como ciudadanos debería importarnos la política, al fin y al cabo estamos hechos de ella. Nuestra desidia nos hace culpables de lo que tenemos. "En las democracias los políticos están donde están porque de alguna forma los han enviado allí los ciudadanos", dice Fernando Savater en su ensayo "Ética, política, ciudadanía ". Tal vez por eso siempre he creído que votar lo único que debería darnos es alegría, después de todo es un momento crucial en la democracia.

A través del voto me convierto en un ciudadano autónomo y libre que guarda cierta esperanza, que no se acostumbra ni cree que la política siempre será mañosa ni que todos los candidatos son igual de malos, eso sería seguir el juego de los politiqueros que creen que las personas son incapaces de vislumbrar algo mejor. El buen ciudadano sabe que ganó así su candidato haya perdido.

Los ciudadanos que estamos convencidos de que una democracia es mejor que una tiranía, lo único que pedimos en las urnas es que los políticos no reemplacen la calle que les dio los votos por los cocteles que incentivan la pedantería; que sigan tan disponibles y quieran escuchar diversas opiniones como aquellos días de campaña. Lo cierto es que el buen político debe seguir en campaña, ganar una curul apenas es el primer paso. De ahí en adelante el político muestra de qué está hecho y cuánto estima a sus electores.

Pueda ser, parafraseando a Voltaire, que aquel que arde en deseos de ser edil, tribuno, pretor, cónsul o dictador y alardea de que ama a su patria, cuando ocupe alguno de estos cargos, no demuestre tristemente, que en realidad solo se a ama a sí mismo.