La controvertida revolución cubana
Hablar con alguna objetividad, con alguna neutralidad, sobre Cuba, es una de las cosas más difíciles. Tú pones el tema en cualquier reunión e inmediatamente se dividen las opiniones y en algunas oportunidades se exaltan los ánimos. Incluso si la conversación es entre amigos.
Tengo a personas muy allegadas que atacan con vehemencia todo el proceso que ha vivido Cuba desde cuando llegó al poder Fidel Castro y lo hacen con argumentos serios. Algunos de ellos han seguido de cerca todos los avatares de la vida cubana, ya porque en repetidas oportunidades han visitado la isla, o porque han leído y leído sobre este controvertido país. Otros lo defienden con razones no menos profundas y sustentadas.
Hay para todos. Con el tiempo la falta de garantías políticas, la limitación de la competencia política, las restricciones profundas a la libertad de prensa y la persecución implacable a los disidentes, se han convertido en una mancha inmensa del régimen cubano. En toda América Latina se busca ahora una democracia más cualificada y se ha reducido el espacio para la vulneración de libertades públicas esenciales.
Con el algún crecimiento que han experimentado las clases medias en todo el continente también se han abierto muchas expectativas de movilidad social, la juventud acaricia la posibilidad de hacer valer su formación profesional obteniendo mejores salarios y acceso a variados beneficios que trae la globalización económica. Eso, precisamente eso, se ha convertido en uno de los mayores pesos de la vida cubana y en uno de los elementos más criticados por quienes fustigan al gobierno isleño. La inconformidad de la juventud se percibe con mucha facilidad con solo tocar el suelo cubano y se ha transformado en el principal reclamo que se les hace desde afuera a los hermanos Castro.
Estas críticas ciertas e irrefutables ocultan sin embargo unas realidades también verdaderas y nada despreciables. En Cuba la violencia es tan limitada, tan escasa, que cualquier colombiano desfallecería de envidia ante este paraíso de paz.
También ante otro milagro: no se ve un indicio de miseria ni en las ciudades, ni en los campos. No hay un extendido confort, ni una oferta de servicios y de comodidades, todo es un poco precario, nada es realmente abundante y accesible, pero uno puede percibir que no hay hambre y que en sentido estricto no hay pobreza. No es poco eso si se compara con el resto del continente. Si se piensa que en muchos países, en las grandes y flamantes ciudades, campea la indigencia y miles de personas, en especial los niños, mueren acosados por el hambre.
Quienes defienden al régimen cubano se apoyan siempre en la abolición del analfabetismo, en los altos niveles de educación, en la extensión de la atención en salud y en el nivel competitivo del deporte cubano. Todas estas cosas son ciertas y les sirven para disculpar un poco los lunares visibles del tipo de gobierno que tiene la isla.
Pero la confrontación ideológica alrededor del sistema cubano no cesará nunca, porque este pequeño país, de la mano de Fidel Castro, se convirtió quizás en el lugar más influyente de toda América Latina y en uno de los proyectos políticos de más impacto en el mundo en los últimos cincuenta años.
Miremos lo que va a ocurrir en los próximos años. Otra vez Cuba estará en el centro de los acontecimientos y la actitud de Obama ante La Habana marcará sin duda su posición ante todo el continente. Los ojos del mundo estarán pendientes de la suerte de Fidel y del camino que seguirá la transición política en la isla. Los esfuerzos de reconciliación de los colombianos pasarán en algún momento por esa tierra fantástica.
Todo eso porque alguna vez, hace ya muchos años, un puñado de jóvenes cubanos acompañados por un argentino que sería luego un icono mundial se atrevieron a desafiar a la mayor potencia del siglo veinte y a encabezar una revolución social y política sin precedentes.