Histórico

LA DISIDENCIA YA NO ES LO QUE ERA ANTES

21 de mayo de 2013

¿Cómo se puede ser disidente hoy en día? Antes, todo era simple y terrible a la vez. La cortina de hierro separaba a las democracias de las dictaduras y el bloqueo del Occidente liberal mantenía a raya al estalinismo tropical.

Ciertamente, los intelectuales occidentales antiautoritarios más radicales, como los filósofos Cornelius Castoriadis (1922-1997) y Claude Lefort (1924-2010), maestros del pensamiento del grupo Socialismo o Barbarie, hablaban de "capitalismo burocrático de Estado" a propósito de la Unión Soviética.

Pero ellos mismos, desde fines de los años 40 hacían la evidente distinción y apoyaban con valor a los opositores del país de la "mentira desconcertante", como decía el escritor Ante Ciliga. Claro, estaban también aquellos que consideraban que el marxismo en sí mismo había sido desacreditado para siempre por los regímenes que se proclamaban marxistas, como los "nuevos filósofos" encabezados por André Glucksmann y Bernard-Henri Lévi a fines de los años setenta.

Había otros que, como el ensayista y militante Boris Souvarine (1895-1984), aseguraban que la idea misma del comunismo había sido traicionada por esos países. Pero la indiferencia no era bien vista por quienes entraban en la disidencia. Ya no se sabía muy bien lo que era el Bien, pero estaba muy claro que había que luchar contra el Mal.

Y el Mal (con mayúsculas) era el partido único, el racismo de Estado y la represión de las libertades públicas. Alexandre Solzhenitsyn, Andrei Sajarov, Vaclav Havel fueron encarcelados pero eran admirados.

De Nelson Mandela a Aung San Suu Kyi, los disidentes han sido festejados por su valor y su combate por la verdad.

Pero todo está a punto de ser trastocado. Es de lo que se alarma el escritor Salman Rushdie, sobre cuya cabeza pesa una fatwa desde 1989 emitida por el ayatola Rujola Jomeini por haber escrito "Los versos satánicos". Nos hemos vuelto "desconfiados" con respecto de los opositores, nos dice Rushdie. Y más complacientes para con los tiranos.

Sí, las cosas han cambiado.

El hombre que desafió a los tanques en la plaza de Tiananmen "ha sido olvidado del todo en China", nos dice el escritor indio-inglés. Reina el cinismo y los negocios mandan. Exiliado en Berlín, el escritor chino Liao Yiwu interviene en el debate y fustiga la "indolencia de Occidente" con respecto de la represión de los disidentes.

Liao Yiwu monta en cólera al ver a su país comunista y dictatorial tan mimado por los paladines del antitotalitarismo de ayer, tanto de izquierda como de derecha, fascinados ahora de poder hacer negocios con el Imperio del Centro, organizar coloquios ahí y crear fundaciones, instituciones y empresas. Símbolo de la disidencia china, él fue arrestado en 1990, encarcelado durante cuatro años y torturado por haber recitado en público su poema épico "Masacre" el 4 de junio de 1989, fecha en la que el ejército le puso fin al movimiento prodemocrático de la plaza Tiananmen.

La vigilancia se ha relajado, pues el mercado ha barrido con todo. En efecto, el mundo pasó de la guerra fría a la batalla económica, del enfrentamiento de los bloques a las rivalidades multipolares entre la vieja Europa, en especial, y los llamados países emergentes.

Con ese gigantesco vuelco mundial, la disidencia se ha democratizado y masificado. Ya no es el patrimonio exclusivo de científicos y escritores, si bien no hay que olvidar que también se encarnó en movimientos populares como las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina, el sindicato Solidaridad en Polonia y el Congreso Nacional Africano en Sudáfrica.

Los movimientos de protesta surgidos de la base, algunos de los cuales utilizan magistralmente las técnicas de la Web, "se han multiplicado en el mundo entero, salvo en aquellos países ultratotalitarios (Corea del Norte, Turkmenistán, Eritrea), y representan formas de disidencia que son mucho más difíciles de controlar", explica Jean-Marie Fardeau, director de la oficina de París de la asociación de derechos humanos Human Rights Watch. Las asociaciones de barrio que luchan contra los grupos paramilitares y los movimientos de los campesinos sin tierra "renuevan las formas de compromiso, más allá de los intelectuales de renombre", señala por su parte Dominique Curis, coordinadora de campaña de Amnistía Internacional en Francia.

Nada de nostalgia, pues. Sería ridículo y estaría fuera de lugar añorar una "edad de oro" de la disidencia. Quienes se dejaran llevar por la tentación no tendrían más que leer las memorias del escritor estadounidense Philip Roth, que hace una visita a los signatarios de la Carta 77, con el fin de tomar la medida de la "pérdida de referencias personales" provocada por la "maquinaria implacable del totalitarismo".