La Economía de la Infidelidad
“La mujer perdona las infidelidades, pero no las olvida. El hombre olvida las infidelidades, pero no las perdona”. Catalina Severo.
Hace unos meses escribía lo grato que fue encontrarme un estudio económico muy serio sobre el efecto de las minifaldas en la economía. No se imagina uno el poder que tiene lo “micro” en la macroeconomía, aunque pienso que su efecto en el ascenso de los espíritus masculinos, tal vez por falta de instrumentos de medición o por lo ancho de los pantalones, quedó subestimado y por fuera del indicador de Felicidad Nacional Bruta, FNB.
Debo confesar que no siendo economista no deja de impresionarme la Economía, pues cada vez que reviso las investigaciones del National Bureau of Economic Research me doy cuenta que esa ciencia, aparentemente aburridora y con la tendencia a volverse tan barrocamente matemática, quisiera alejarse de la realidad, tal vez para evitar que le cobren posteriormente sus fallidos vaticinios. Pero por el contrario, parece empeñada en salirse de su laberinto econométrico, de sus ecuaciones diferenciales y de los modelos de equilibrio general y acercarse más a la vida cotidiana de los humanos, que para la Biología Evolutiva son sólo criaturas tramposas por naturaleza, impulsadas por su misión congénita de reproducirse.
Hace apenas unas semanas se publicó un estudio realizado por Bruce Elmslei y Edinaldo Tebaldi, profesores de Economía de las universidades de New Hampshire y Bryant, respectivamente, que señala algunos “hallazgos” sobre el adulterio y especialmente sobre las diferencias en los cálculos de costo-beneficio que realizan hombres y mujeres antes de decidir jugarse un partidito amistoso que les “maximice su utilidad” en presencia de limitaciones. Y aunque el estudio se hizo con datos de EE.UU., no deja de ser interesante o divertido comparar, o al menos que sirva de tema de conversación distinto a los “escándalos de la semana” en los que están empeñadas las supuestamente mejores revistas del país. A continuación resumo los hallazgos del estudio.
Para las mujeres, factores biológicos y socioeconómicos de sus nuevos candidatos, como sí pueden ser los padres de un niño o tienen la educación y estabilidad financiera para ser “proveedores” de una familia, son muy significativos. Estos factores no parecen entrar en la ecuación de los hombres, que son 7% más propensos a engañar que las mujeres. La probabilidad que un hombre haya tenido una aventura aumenta con la edad y alcanza su máximo aproximadamente a los 55 años, para luego disminuir. Para las mujeres el pico es a los 45 años, y para los autores del estudio este límite resulta lógico al considerar las razones biológicas que las llevan a buscarse otro(s).
Las mujeres de estrato alto son 8% más propensas a engañar que las de estratos medios y bajos. Por el contrario, los hombres no tienen esos “problemas de clase” y son todos igualmente proclives a la perfidia. Qué descubrimiento. Los hombres con estudios universitarios son 3% menos propensos a tener una aventura que aquellos que sólo tienen educación secundaria o menos, pero el nivel de instrucción no tiene ninguna incidencia en la infidelidad femenina. Las mujeres cuyos maridos tienen título universitario o de posgrado son 3% menos propensas a tener un affaire, los hombres por el contrario no consideran que el nivel educativo de la esposa esté en los factores de cálculo. Si una pareja se divorcia por un asunto extramarital, la mujer casada con un hombre de altos ingresos puede considerar que tendrá una pérdida de ingresos y que será difícil encontrar otro “socio” de calidad similar. Los hombres actúan como si esta consideración no fuese importante.
El descontento colabora con la infidelidad. Los hombres descontentos tienen un 13% más de probabilidades de ser infieles, mientras que las mujeres descontentas tienen el 10%. Las mujeres religiosas tienen un 4% menos de probabilidades de tener un amante que las no religiosas. Sin embargo, la religión no parece asustar a los hombres. Los hombres y mujeres en zonas rurales tienen menos probabilidades de engañar que los de las ciudades a causa de la disminución del anonimato en las zonas rurales.
Aparte de reconocer que aunque distintas, las diferencias estadísticas de la infidelidad masculina y femenina no son tan grandes para que seamos los malos de la película, no sabemos qué tan cierto es todo esto, o si la economía todavía no es ciencia o no ha podido involucrar en sus ecuaciones el ronquido y las borracheras de los hombres, el abandono de las esposas a sus esposos cuando se convierten en mamás, o el efecto de los “crecimientos decrecientes” de sus maridos cuando pasan los años, o peor aun, que no han pensado que los mismos problemas del monopolio los tiene la monogamia, pero ahí les queda la inquietud.