La ejecución de la estatua
Dicen que cada cual tiene la cara que se merece. Las de Gonzalo Arango fueron dos, tres caras, contradictorias, atormentadas como su vida. La primera fue la de un muchacho de pelo corto, ojos tristes y mirada dulce, de corbata y saco oscuros, que parecía un seminarista. La segunda fue la de un hippie con el pelo hasta los hombros. Diez años después, sus ojos se ven hundidos y vidriosos. Su cara es la de un hombre vestido de blanco, de aspecto apacible y con un halo místico: parece un rastafari melancólico, que ha fumado mucha marihuana; parece un presidiario arrepentido; parece un santo. Son fotos suyas olvidadas, aparecidas en revistas ya amarillas.
Escribí palabras como estas cuando varios amigos suyos, en 1993, llevaron sus cenizas a Andes, el pueblo donde nació el poeta. Las traigo a mi memoria ahora, cuando se conmemoran 35 años de su muerte y se celebra en Andes un Festival de Arte en su memoria con la participación de poetas, escritores, periodistas, músicos, fotógrafos y pintores. Un hermoso homenaje para un hombre singular.
Recordando su vida, Jaime Jaramillo Escobar, su amigo de infancia y de adolescencia en el Liceo Juan de Dios Uribe, en Andes, cuenta que cuando Gonzalo nació en 1931, en el hogar formado por Don Francisco Arango y Doña Magdalena Arias, era un precioso niño. "Lo mecieron en su cunita. Le dieron biberón. Nadie... sospechaba... nada". Él lo conoció en 1946. "Era entonces un chico de aspecto delicado, lo más inofensivo del mundo, siempre con un libro bajo el brazo. No servía para jugar al fútbol. Le gustaba mucho quedarse haraganeando en el río, disputándoles las guayabas a los pájaros, leyendo a Platón. Le reproché porque no iba a clase. Me contestó: ¡Vos sos pendejo! Platón es mucho mejor maestro que Don Sofonías Arcila". Desde entonces se hicieron amigos. En un principio, según Jaramillo, "Gonzalo Arango quería ser orador y filósofo, y muchas otras cosas, algunas de las cuales eran incompatibles entre sí, por lo cual tuvo que escoger, y escogió, y no sabíamos que el escogido era él".
En el colegio, Arango escribió artículos en periódicos estudiantiles y participó en un Centro Literario en memoria del Indio Uribe, un hombre de letras radical que nació en Andes en el siglo XIX y fue uno de los principales opositores del gobierno autoritario de La Regeneración. Un rebelde nacido en una sociedad "señorial". En los años cuarenta, el colegio "era un bello e imponente edificio solitario en un recodo del río, sobre una breve meseta. A su frente estaba el campo de fútbol, presidido por el busto del Indio Uribe", recuerda Jaramillo. "Una mañana encontramos con sorpresa que durante la noche unas fuerzas que no sospechábamos, pero que debían ser las más negras y sangrientas, habían derribado el busto y le habían separado la cabeza. Era 1948. Empezaba la violencia en Colombia". Recordando ese episodio, Amílcar Osorio escribió una novela acerca de aquella época de intolerancia, titulada " La ejecución de la estatua ".
En 1948, Gonzalo viajó a Medellín a terminar el bachillerato en el Liceo Antioqueño y a estudiar Derecho en la Universidad de Antioquia. Años más tarde renunció a la Universidad y en 1958 se fue a vivir en Cali, donde fundó el Nadaísmo. El escritor Alberto Aguirre lo recuerda como "una figurita endeble" que no tenía ese talento típico de los antioqueños para negociar y conseguir plata, como dice Fernando González. Sólo pensaba en la poesía. En una carta fechada el 6 de agosto de 1963 en Otraparte, hallada en el archivo de Rosemary Smith, el maestro Fernando González le dijo, emocionado después de leer su obra Los ratones van al infierno : "La puerta sin alas que no se abre sino en amor, en la llama que es la llave de ella, se está entreabriendo para Gonzalo? Ud., Gonzalo mío del alma, es el niño sin pies? El camino es suyo; sus alas son juveniles y el amor circula por ellas a torrentes".
En 1993, el poeta J. Mario Arbeláez fue a Andes con otros poetas a llevar sus cenizas. Durante la Misa de Réquiem, en la homilía, el obispo recordó algunos de los escándalos del poeta que provocaron su excomunión pública, y dijo que ahora, después de muerto, la iglesia volvía a recibirlo en su seno. J. Mario no pudo contenerse y subió al presbiterio para hablar, en nombre de sus hermanos. "Se los devolvemos -dijo al obispo- pero con una condición: que lo canonicen. Porque Gonzalo fue un hombre bueno, un hombre justo. Un ser superior. Un hombre punzado por la divinidad. Gonzalo fue un santo".