LA ENFERMA
Amable lector. Cuando Tobías entró al consultorio el médico lo observó y antes de que le entregara los exámenes supo que su salud no estaba bien. Luego de leer los resultados, que en términos coloquiales mostraban que tenía anemia aguda, la presión arterial era de 160/90, los pulmones por el exceso de cigarrillo parecían un cenicero que nadie volvió a limpiar, y el cuadro hepático, por efecto del licor, no podía ser peor.
El médico, con voz pausada pero firme le dijo que su estado general era delicado. A continuación le preguntó si era una persona honesta. No doctor, yo no soy Ernesto. El doctor sonrió y le repitió si era honesto. Mis padres así me educaron, respondió él.
Como el paciente no comprendió la razón de esta última interpelación, se atrevió a pedirle una breve explicación. El médico, que era una persona mayor, le dijo que tenía una paciente que venía observando desde tiempo atrás y cada vez estaba peor. Me preocupa porque he consultado con algunos colegas y ninguno encuentra cómo solucionar sus dolencias.
Luego agregó que se trataba de la hija preferida del libertador Simón Bolívar, que dicho sea de paso, a pesar de que sacrificó su vida por servirle, lo abandonó cuando él se fue en busca de un lugar para morir, lejos de todos sus aduladores. Ella, se llama Colombia.
El primer mal que sufre es la inoperancia de la justicia que es tan lenta, que da la impresión de que no existe. Y saber que el Libertador soñó con hombres sabios y probos. El segundo mal es el de la corrupción que opera, no solo en el sector público, sino también en el privado. El afán por el dinero nos ha hecho más daño que el virus del VIH. Lo peor de todo es que nadie está estudiando cómo obtener una vacuna para tan devastadora endemia.
Es difícil comprender que hombres que han dado muestras de un gran valor, hayan sido tan débiles frente al pago de unas comisiones. Imposible no mencionar también la burla y el engaño que han hecho a miles de colombianos, varias firmas de intermediación financiera, que con astucia y malicia engañaron a gentes que de buena fe confiaron en ellos. Y que además creyeron que estaba vigente el numeral 24, Art. 189, de la Carta Política que obliga al presidente a ejercer el control y la vigilancia de esta actividad.
A la Superintendencia Financiera y la de Sociedades, les pasó lo que ocurre con muchas señoras, que nunca miran los indicadores del vehículo y solo se dan cuenta que algo anda mal cuando este comienza a echar humo por todas partes. Estas entidades tuvieron suficiente información para saber que varias de estas firmas iban al abismo.
Los generales y altos oficiales que fueron destituidos recientemente, no todos con razón, constituyen una demostración más de la ligereza con la que suele actuar el señor Presidente, ignorando el daño que causó, no solo a varios de ellos, pero sobre todo a las Fuerzas Armadas de la República.
Será casi imposible sanar las heridas a base de las lisonjas. Además, el señor Ministro de Defensa quedó más mal parado que el edificio Space. Sin perjuicio de que se sancione a los militares que hayan recibido en forma indebida dádivas, estoy seguro de expresar lo que la gran mayoría del pueblo colombiano siente por sus Fuerzas Armadas: admiración y gratitud.