Histórico

La fidelidad es motivo de fiesta

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05 de julio de 2011

Una bonita celebración se llevó a cabo el pasado 29 de junio en la basílica de San Pedro en el Vaticano, cuando el Papa entregó también el palio a los nuevos arzobispos de la Iglesia. Se trata de los 60 años de vida sacerdotal de Benedicto XVI.
Celebración a la que se unió la Iglesia universal en diferentes rincones de la tierra, por medio de la realización de 60 horas de adoración eucarística por la santificación de los sacerdotes, las nuevas vocaciones y por Benedicto XVI.

El joven Joseph Ratzinger con 24 años fue ordenado junto con su hermano Georg Ratzinger, de 27, y junto con ellos, 41 jóvenes más en la catedral de Freising, cerca de Münich en Alemania.

Su país vivía los estragos de la Segunda Guerra Mundial. Estos 43 nuevos sacerdotes se convertían así en una voz de esperanza en medio de este cruel período de la historia.

Quiero citar algunos extractos del libro “Mi vida”, la autobiografía de Ratzinger, publicada por ediciones Encuentro en 1997, donde él narra los primeros días de su vida sacerdotal:
“Experimenté así, muy directamente, cuán grandes esperanzas ponían los hombres en sus relaciones con el sacerdote, cuánto esperaban su bendición, que viene de la fuerza del Sacramento”. Sin embargo, dice que no se trataba de exaltar ni su persona ni la de su hermano: “Veían en nosotros a unas personas a las que Cristo había confiado una tarea para llevar su presencia entre los hombres; así, justamente porque no éramos nosotros quienes estábamos en el centro, nacían tan rápidamente relaciones de amistad”.

Sesenta años después de su ordenación Benedicto XVI compartió en su homilía lo que significa para él su vocación. Se centró en dos temas: la amistad con Cristo y la perseverancia en momentos difíciles:
“Él (Cristo), se fía de mí”, dijo. “La amistad es una comunión en el pensamiento y el deseo”, explicó.

 “Él me conoce por mi nombre. No soy un ser anónimo cualquiera en la inmensidad del universo. Me conoce de manera totalmente personal” y explicó que en esta relación de amistad, “mi voluntad se une a la suya” y por consecuencia “su voluntad se convierte en la mía, y justo así llego a ser yo mismo”.

Sin embargo, reconoce que esta, como cualquier vocación, resulta ser un camino marcado por momentos bellos y otros más oscuros: “Necesitamos el sol y la lluvia, la serenidad y la dificultad, las fases de purificación y prueba, y también los tiempos de camino alegre con el Evangelio”.

¿Para qué celebrar estas seis décadas? Creo que en medio de una sociedad que busca erradamente el sentido de la vida en experiencias fugaces, donde a la primera dificultad la gente quiere quedarse a mitad de camino, o donde tantos responden mediocremente a su llamado, la celebración de un aniversario, ya sea de vida matrimonial, o, como es en este caso, de vida sacerdotal, cobra aún un mayor peso, pues está ahí el ejemplo de quien en medio de las vicisitudes ha perseverado con valentía, fidelidad y amor a la propia vocación y por ende, a la propia identidad.