La frase de Santos
Hay gente tan fanática en este país a la que lograr la paz le importa un bledo. Voy a decirlo: "¡le vale mierda!".
El presidente Juan Manuel Santos, a quien no le creía mucho por sus vaivenes políticos (digámoslo sin retórica), soltó una frase esta semana que nos pone a pensar:
"Me acusan de querer la paz. Esa acusación me honra. Cualquier persona tiene que estar mentalmente enferma si no quiere la paz. Y algunos están enfermos mentalmente".
A muchos, a muchos colombianos (la mayoría), les parece que esos compatriotas (nacidos en Colombia) "guerrrilleros cabrones", hay que acabarlos. Nada más. Terroristas, hijos de p... Allá ellos, dirían. Es su problema. Que no quede ni huella.
Inquieta: los de la condena se suponen mejores que el resto. Enjuician. O por plata, o por créditos profesionales, o porque las circunstancias vitales los pusieron más arriba en la escala evolutiva. No hay nada de qué hablar.
Lo quiero decir, clarito, muy claro, para que después no me vayan a crucificar: la guerrilla, las Farc, el Eln y los demás especímenes del conflicto armado han acudido a métodos terroristas. Son una mala, muy malísima, parodia de un ejército del pueblo. Son el mal. No nos han otorgado ninguna posibilidad de crecer, de mejorar, de reinventarnos como sociedad. Tenían todas las condiciones estructurales de pobreza, de atraso histórico, de descompensación social posible y nos llevaron a un estercolero, peor. Peor que ellos, que ya, de por sí, son tan, pero tan aborrecibles. Con su accionar arbitrario y desmedido. Decepcionante.
Muchos de ustedes, respetados lectores, lo han reflexionado. Lo saben: el lenguaje de la guerrilla ha sido lumpesco, triste, desconsolador: secuestros, bombas, robos, fusilamientos, demonizaciones (absurdas), narcoguerra (¡ahhh, peor que todo!), y mentiras, muchas mentiras. Y cuál ha sido su contraprestación: ninguna. Solo su decadencia irremediable.
Tengo esta columna para convencer a los lectores de que la paz no es una entelequia. Es tan difícil. Es lenta. Riñe, muchas veces, con los más elementales principios políticos. No quiero -diríamos-, no queremos hablar con esos subversivos. Nos chocan. ¿Qué les vamos a regalar? Que trabajen, que se entreguen, que claudiquen.
Háganse a una idea, lectores: "hay que negociar, hay que hablar". Queramos, o no. Superar este estado de agresiones, de incomprensiones, de malestar común y de negaciones debe comenzar por asumir que quienes están allá, y acá, somos iguales. Unos desbordando la línea del delito y del crimen. Otros, simplemente, tratando de alentar las exploraciones humanas. Buscando que no todo sea silencio o aquel férreo NO. ¿Seremos capaces de escucharnos? ¿Sanaremos esa llaga que nos arde tanto? Esa llaga que nos muestra de qué lado está la herida y de qué lado, la paz.