La 'menopausia' del hombre
El climaterio es la etapa tabú de la que ninguno quiere hablar. La mayoría de señores se sonroja y niega cada uno de los síntomas.
La fórmula para dejar a todos los ancianos de una plaza sin palabras fue preguntarles por su climaterio. 'Ah yo no sé, pregúntele a otro...' -dijo la mayoría luego de un solapado silencio- 'no le sabría decir, yo no soy muy leído', 'eso es de gente muy mayor'.
Y así empezó la cadena de atribuciones: los señores de 50 aseguraron que los de 60 sí sabían, éstos lo negaron y afirmaron que eso da 10 años después y juraron que los 'propios' para tocar el tema eran los ochentones.
En un parque de Medellín donde la tertulia tiene el tono de la cana y del café, también intenté un acercamiento a través de las señoras que les venden los tintos.
-¿Usted me podría presentar a alguno para que me hable del climaterio?.
--¿Qué es eso?- preguntó.
-Algo así como la menopausia del hombre -le dije.
-Ah sí, aquí todos tienen de eso -en ese momento miró alrededor y a uno que se aproximaba lo llamó- venga, es que aquí la muchacha necesita saber algo. ¿A usted todavía se le para?
Con ese preámbulo tan punzante, la señora de los tintos solo logró espantarlos. Hasta que por fin, uno de 82 años se atrevió a hablar, siempre y cuando eligiéramos una banquita donde nadie interceptara su historia.
Mientras miraba para cada lado, sentenció que si las mujeres recuerdan su primera vez por siempre, los hombres nunca olvidarán la última. Entonces se remitió al miércoles 9 de marzo de 2011 para contar su historia.
"Eran las 9:10 de la mañana y yo ya estaba pecando, -narró mientras apoyaba el paraguas como un bastón y se sonrío con malicia- o bueno, tratando de pecar".
Ese día comenzó como todos. Abrió el ojo antes de las 7 gracias al despertador automático de la tercera edad. El espejo del baño estaba empañado cuando entró a ducharse. Eligió el atuendo que tuviera el color menos opaco mientras escuchó cucharitas revolviendo los pocillos del té en la cocina. Tendió su cama. Tomó sus llaves y abrió un cajoncito del chifonier de su pieza. Y de allí sacó las cinco pastillas y una más azul que le diagnosticó un colega de picardías.
Se encontró con su esposa en la mesa. Cruzaron unos buenos días a secas mientras cargaron la arepa con huevo revuelto. Él se tragó las pastas. Lavó los dientes de su caja y luego la lengua. Tapó su calva con sombrero y salió sin despedirse.
Esquivó a los contertulios del parque hasta llegar al teléfono público. Bajó la bocina. Introdujo 100 pesos, marcó y le sobraron segundos porque bastó con un: 'Belleza, estoy listo' para salir a deshacer de la memoria a la penúltima mujer que le dijo: 'a mí no me importa lo viejo, no me importa lo feo, me importa su dinero'.
-A esa no la volví a buscar, ¿a quién le gusta que le digan feo? -exclama.
-¿Usted de pronto ha sentido calores como las mujeres en la menopausia?
-A mí sí se me subía la temperatura pero con otras mujeres. Es que yo hasta los 70 fui un tigre. Tenía muy buenas hormonas, pero empecé a sufrir de la tiroides y hasta ahí llegó el guapo. Uno siente que se va marchitando y que la enfermedad acaba con los deseos.
Mi última vez fue triste... nos fuimos para una residencia y nos tardamos qué... una hora si mucho, ella era sabedora de la situación -relata mientras se acaricia el cuello- el viagra ya no funcionó. Me sentí mal porque no pude cumplir lo que quería... uno con ganas de sentir y nada, el cuerpo no responde.
Ante tanta escasez de testimonios masculinos le pregunté a las esposas de presuntos hombres en el climaterio. A diferencia de ellos, para ellas fue un desahogo hablar del tema.
'Ese hombre se volvió un ogro, yo ya casi ni le hablo', cuenta doña Teresa cuyo esposo tiene 54 años. La señora Amparo notó que, a partir de los 47 años, a su hombre se le escondió el buen humor. Dejó de reírse con sus descaches y comenzó un repentino agobio rebozado de melancolía porque 'sentía que se le estaba acabando el tiempo'.
Al de doña María le dio por quitarse años para bajarse de los 60. 'Quiere parecer más joven, se quitó el bigote, dejó el pantalón clásico por el bluyín, la camisa larga por la camiseta y ahora se echa loción. Se mira en el espejo y en los restaurantes siempre pide media porción'.
El marido de doña Beatriz se fue voluntariamente de la cama y se mudó al cuarto del hijo que se fue de la casa. 'Es desbocado mirando jovencitas -confiesa- cuando estamos en grupos, siempre se une al de las muchachas y a las señoras las ignora. Su vocabulario cambió y ahora parece tomado de revistas de pornografía. Lo he oído hablar con los amigos y se hace el verraco, el que se las sabe todas, el instruido en posiciones y técnicas'.
Al urólogo también le piden cita las mujeres. 'Qué tendrá que está tan beato, tan cantaletoso' -le dicen al doctor Fabián Raigosa tanto en Profamilia como en el centro urológico UMMA donde también atiende- 'ya no me lo aguanto en la casa', 'qué será doctor que ya no me desea'.
Los hombres cuando lo visitan jamás le dicen: 'doctor, tengo el climaterio'. Llegan sigilosos, se sientan encorvados, con las manos entre las piernas y hacen de su consultorio un confesionario.
'Siento que se me acabaron las baterías...', 'por qué será que a veces pienso que la vida ya se acabó', 'he notado que los músculos se me encogieron', 'qué pasa que hago varias siestas al día', 'quiero mucho a mi señora pero me faltan ganas para estar con ella. La relación se está poniendo tensa y no me la aguanto preguntándome que si tengo otra'.