La montaña mágica
"Ahí me perdona que no la atienda con un tinto: es que no tengo cocina", me dice Luz Gladys, mientras trato de conservar el equilibrio, al borde del abismo de lodo adonde fueron a parar las pocas cosas que atesoraba en la vida.
Septiembre 28 de 2010, 3 p.m.: "¡Mamá! ¿Qué es esa bulla?" [El suelo se estremece]. Una de sus hijas la jala de la blusa y, a las carreras, alcanzan a cruzar la sala y la única pieza del rancho... antes de verlo desplomarse. A sus pies estalló un "volcán", una de las corrientes subterráneas de agua que emergen, intempestivas, de la montaña mágica.
Tres años atrás, Jaime Feladio Agudelo, esposo de Luz Gladys, levantó el rancho: "Con cinco millones, hago milagros", afirma este campesino que aprendió de albañilería a los nueve, cuando su padre se lo llevaba a trabajar.
Hoy, la pareja y seis de sus hijos se asilan al lado del Túnel de la Quiebra, en una antigua bodega del ferrocarril: un salón dividido en dos, con un techo donde no anidan los pájaros por la fragilidad de las varas. Duermen en colchones y camas rescatadas del desastre, bajo un cielo raso de plástico, negro y grueso, en el que se asienta el polvo del camino que bordea la carrilera.
Unas viejas cortinas, colgadas al final del arrume que les sirve de lecho, dan la ilusión de privacidad. Los menores, de 9 y 12 años, escampan en una carpa, mínima, al otro lado de la pared divisoria.
"Hace días, el alcalde de Santo Domingo [Jaime Sánchez] dijo que iba a venir. Pero ahora, muerto... no creo", lamenta doña Luz Gladys.
Pero no quiero ser injusta; los políticos sí han hecho presencia: los carteles de publicidad electoral (de Gerardo Cañas, Luis Alfredo Ramos y Nelly Quintero) cubren las grietas. Y el pendón de un organismo estatal es la "puerta" del "servicio" de la bodega.
Los lugareños recuerdan cómo, hace mucho tiempo, vinieron ingenieros de la Gobernación... "tomaron nota, cerraron el maletín, y nunca volvieron".
La de Luz Gladys no es la primera casa que se viene abajo. Ni será la última. Sus vecinos apuntalan los ranchos con pedazos de cartón; y a unos cuantos pasos, al cruzar la quebrada, donde las absurdas líneas limítrofes convierten a Santo Domingo en Cisneros, la escuela veredal recibe a sus alumnos sobre losas cuarteadas.
Esta ladera del municipio de Santo Domingo tiene la magia -aquí, prescindo del poder evocador del término- de muchas montañas en Colombia: ¡desaparece casas!
"El que no conoce su historia está condenado a repetirla"; y el que la conoce también, agrego yo. El asunto supera la ignorancia, la ausencia de una cultura de prevención: en el Medellín de estrato seis, los urbanizadores siguen violando otra montaña -también mágica-, y los incautos siguen pagando millonadas por palacios de azúcar.
El sol brilla y hace alucinar: los días de verano parecen difuminar la tragedia.
Volveré por mi tinto. No pierdo la esperanza de que Luz Gladys -y sus vecinos, víctimas de la misma calamidad- levante una cocina digna y segura para prepararlo.