LA MUERTE DE IRAK
No hay quién ponga orden en Oriente Medio. Desde Egipto hasta Irán, atravesando Irak, Israel, Palestina y Siria; no existe en el mundo, en este mismo instante, una zona tan convulsa y tan violenta. Sus conflictos, complejos por el contexto histórico, la riqueza, los intereses geopolíticos e incluso las luchas religiosas, parecen eternizarse sin solución. De todos ellos, y a pesar aún de la masacre continuada que vive Palestina, quizá ningún territorio sufre el riesgo de desaparición como Irak.
Irak muere aceleradamente. Sus fronteras aparecen ya difusas mientras las luchas tribales se acrecientan con el interés de tomar el poder de una nación destrozada por extranjeros. En Irak no hay instituciones, no hay veedurías, no hay confianza en el gobierno. En Irak no hay nada. O quizá sí: en Irak hay muerte. El inesperado y acelerado crecimiento del grupo terrorista Estado Islámico (EI ), que pretende crear un califato para gobernar territorios que incluirían parte de Siria, puso de manifiesto la fragilidad de la región. El EI se impone con sangre.
Por su brutalidad, la noticia de la decapitación del periodista estadounidense James Foley a manos del EI, le dio la vuelta al mundo y puso al grupo terrorista como prioridad de Occidente.
Obama, en una intervención corta tras reunirse con los familiares de Foley, llamó al yihadismo "un cáncer que debe ser extirpado". Su discurso va de la mano del fortalecimiento de una nueva intervención en la zona para tratar de ajustar la quebrada nación.
Pero la muerte de Foley, horrenda, brutal e inexplicable, es la muerte que ronda la zona desde hace poco más de un año y que tiene a los habitantes de pequeñas villas o ciudades intermedias buscando refugio cuando hay rumores de la llegada de los yihadistas. El EI crucifica, decapita y viola. Tortura mientras anuncia la pureza de su causa. Con un avanzado manejo de redes sociales potenció el alcance de las muertes al convertirlas en show.
Occidente dice que es hora de detener actitudes inaceptables para el siglo XXI. Todos estamos de acuerdo. Lo que no se puede olvidar es que los irrefrenables deseos de poder y petróleo expresados por las potencias son, sin lugar a duda, los primeros responsables del desbarajuste violento y sádico que hoy vive la zona.