Histórico

La Navidad no se ahogó con la lluvia

LOS HABITANTES DE Quintas de Ipanema, en Bogotá, pensaron que este año no estaban de ánimos para fiestas. Después de sacar el agua de sus casas pensaron que tenían muchas cosas para agradecer y celebrar. Entonces decidieron hacer su novena como todos los años.

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17 de diciembre de 2011

El pesebre del conjunto Quintas de Ipanema en el suroccidente de Bogotá se quedó sin casas; se las llevó el agua junto con algunas de las figuras y las luces. Los Reyes Magos y la Sagrada Familia sobrevivieron al naufragio y se convirtieron en el símbolo de la tragedia de esta Jerusalén en miniatura.

La gran tragedia la sufrieron la víspera de la noche de las velitas las 204 familias del conjunto residencial, cuando las aguas del río Bogotá y del caño Cundinamarca entraron a los apartamentos y se llevaron no solo sus enseres, sino parte de su decoración de Navidad.

Algunos alcanzaron a subir sus enseres al segundo piso de las casas junto con el pesebre y el arbolito.

Luz Stella Patiño, habitante de la casa 132, cuenta que en medio de la correría su árbol se partió y parte de la decoración preparada para recibir al niño Dios se extravió. Sin embargo y guardando la esperanza de que el nivel del agua bajara pronto, no desarmó ni el árbol ni el pesebre y gracias a la insistencia de sus dos hijos.

"Tengo a una niña de 2 años y mi hijo de 11 y tocaba armar de nuevo el pesebre pues la Navidad es una fecha que es solo una vez al año y muy especial para ellos. Aunque no haya decoración y luces, uno no pierde el entusiasmo", expresa Luz Stella, mientras alista un paraguas para salir de su casa a celebrar con sus hijos y sus vecinos el primer día de la novena comunitaria.

Un motivo para unirse
Afuera comienza a caer la lluvia. Sus vecinos la esperan bajo sus sombrillas alrededor del mismo jardín en donde antes de la tragedia se levantaba un pesebre con todas las de la ley.

Fabiola Rodríguez, la administradora del conjunto, inicia la novena: "sabemos que más de uno de nosotros piensa que no estamos para celebrar novenas. Pero a pesar de todo no podemos dejar de conmemorar esta fecha tan especial, la cual nos servirá para fortalecernos".

Las gotas de lluvia salpican el cuaderno en el que la administradora lee su discurso, como recordándole a ella y a sus vecinos que el invierno sigue vivo.

Sin embargo y como tratando de burlarse del clima, Fabiola continúa agradeciendo porque la tragedia sirvió para estar unidos. "Lo material se repone y aún continuamos con toda la fuerza y el entusiasmo".

En ello coincide Luis Ariel Ortegón, otro de los vecinos, quien luego de participar con la lectura de los gozos en honor al Niño Dios, relata: "Estamos unidos gracias a esta inundación. Con muchos vecinos no nos hablábamos pero en medio de la tragedia empezamos a ofrecernos ayuda".

Luis decide animar los tímidos coros y rompiendo el protocolo echa su puya: "¡Vamos, aquí no se ha muerto nadie!".

En medio de las risas, una olla aparece en escena y el aroma de una colada caliente se esparce por el ambiente, como tratando de contrarrestar el olor a moho y humedad que se ha intensificado con el persistente rocío de la lluvia. Entonces se siente ese olor a Navidad y todos hacen fila para saborear un poco de la bebida.

Explica Fabiola que a pesar de que el dinero de la administración se gastó alquilando plantas de energía, motobombas para drenar el agua y algunas reparaciones del conjunto, se decidió hacer la novena gracias a que la comunidad colaboró con los ingredientes para la colada.

"Todos quedamos muy desanimados porque perdimos las cosas y llegamos a pensar que no habría Navidad d. Además, la mitad de la población se desplazó hasta los hogares de sus familiares, pues por las condiciones era imposible tener aquí a los niños. Pero una madrugada, luego de sacar el agua entre todos y aguantando frío, nos dijimos que no podíamos dejar pasar esta fecha".

La alegría de los niños
En la fila que da hasta la olla comienzan a reflejarse esos lazos de amistad. Unos preguntan cuándo vendrá el Gobierno con la plata de los subsidios, otros comentan que ya están en el censo de damnificados y otros tantos cuentan que en la mañana llegó un camión a repartir bolsas de agua potable, pues la que sale de los grifos aún no se puede consumir.

Luz Stella hace notar que la presencia de los niños le da vida a ese ambiente, porque muchos de ellos continúan con la idea del Niño Dios y no alcanzan a medir la magnitud de la tragedia.

"El año pasado los niños venían con sus gorros y preparaban coros con música en vivo, había además cabinas de sonido. Este año estuvimos ocupados sacando el agua, moviendo nuestras cosas de un lugar a otro, preparándonos ante una nueva emergencia y no hubo tiempo de preparar nada", comenta esta ama de casa.

Luis Ariel la apoya en su intención y explica que a pesar de que a principios de diciembre la mayoría de las casas habían instalado las tradicionales luces navideñas tocó recoger todo para evitar una tragedia.

Las botas, los bastones y los gorros de Papá Noel, con las guirnaldas, los tapetes de rojo y verde en las entradas de las viviendas, el musgo artificial y las campanas quedaron arrumados con los enseres en los pisos altos de cada casa. Pero no los desarmaron del todo porque sus dueños guardan la esperanza de que el invierno cese para poder tomar de nuevo el lugar que merecen.

La Navidad este año no será la misma no por la falta de decorados sino porque el espíritu de diciembre nunca se ahogó y los damnificados de este sector de Bogotá aprendieron a compensar la ausencia material con unión familiar y comunitaria.