Histórico

La noche vive gracias a la recocha

LA CIUDAD MANTIENE su vida gracias a los partidos en los barrios, que se mudaron de las calles cerradas, de arcos con piedras, a las canchas sintéticas y con horarios definidos. El partido de rodillones es lo más común, pero no lo único en las noches de la ciudad.

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02 de mayo de 2010

El silencio de la noche solo es trastocado por un grito desgarrador que se escucha en cuatro cuadras... "Pasala pueeeesss mijo...".

En las noches del barrio El Socorro, la recocha aún vive. A diario, como un rito que lleva décadas y se ha metido en generaciones enteras de centenares de balones malos y rodillas lesionadas, los habitantes del sector encuentran en un cuero y dos porterías la oportunidad de robarle horas a un día que no muere con la caída del sol.

"Todas las noches hay gente para jugar. Eso llegan desde Sabaneta, Itagüí, de muy lejos, gente que vivió por la zona o que tiene conocidos y se viene a jugar por acá. Esto le da mucha vida al barrio", cuenta Juan Carlos González, habitante de la zona y quien ahora trabaja con el Inder Medellín como administrador del escenario.

Desde las 6:00 de la tarde comienza el paso de trotadores, algunos que convirtieron al pasamanos en gimnasio a punta de barritas, y de niños correteando hasta que llega el grito de "¡para adentro!", desde los balcones del barrio de la Comuna 13 que, como todos los de Medellín, vive entre la tranquilidad que aprendieron a amar, y la zozobra a la que no quieren regresar.

Después de las 8:00 de la noche la reina es la recocha. Ese partido de camisetas diferentes, de prominentes barrigas y nuevas calvicies, se adueña de la noche cuando el resto de la ciudad se apresta a dormir.

El juego de rodillones ha evolucionado. Del tradicional jueguito con los arcos armados con camisetas y el balón quedándose sin cascos, ahora se corre en canchas sintéticas, con guayos especiales y torres de iluminación que parecen de estadio.

"Esto ha cambiado mucho. De los pelones que se hacía uno en la arenilla ya dizque en cancha sintética, que también quema, pero no se encharca tanto", dice Raúl Vásquez, quien fue vigilante en San Javier, y también se metió a la recocha del barrio El Socorro, hasta que el dolor en la rodilla lo mandó a mirar el partido desde atrás de la reja.

El Socorro, por ejemplo, es uno de los barrios en los que más se ha sentido el cambio. Por allá en la calle 102, en donde hace unos años había una cancha de arenilla que no aguantaba dos aguaceros seguidos, ahora hay una unidad deportiva con un escenario con grama artificial y una placa polideportiva.

"Ahí nos vamos llamando y separando la cancha para la noche. No hay un día fijo, solo vamos llamando y entran los que aparezcan. Eso sí, que no se vuelva muy grande", advierte Michael Arango, uno de los recocheros de El Socorro, y que a mitad de partido tuvo que salir a cambiar el balón, "porque el otro estaba muy huevo".

Afuera de la malla, donde ya no queda espacio para los más chiquitos, están Brandon, Diego 1, Diego 2 y Juan Fernando. Ellos llegaron tarde a la repartición de la cancha, y por eso les toca jugar en donde puedan. "Jugamos en este espaciecito, con cuatro arcos y al que le vayan haciendo gol va quedando eliminado", señala Juan Fernando quien, de seguro, por su peso, debe ser el arquero del barrio. Y señala una V invertida hecha con tubos por la que, si mucho, pasa el balón a duras penas. Para ellos ese es su Monumental.

Tanta historia como la de verdad...
-Andá cambiate rápido que vamos a empezar.

-Esperate que los niños no han terminado. Además, está haciendo frío. ¿Será que si jugamos lloviendo?

-Andá cambiate mejor... Ponete las medias home que nos agarró la noche...

La Maracaná no tiene brasileños, sí gomosos. Todos los martes y jueves, los del barrio piden la mítica cancha de arenilla por donde pasaron futbolistas como René Higuita, un símbolo que todavía permanece entre los corrillos de la tradicional cancha.

"La Maracaná es pura tradición, esto acá comienza a las 7:00 de la mañana y va hasta las 11:00 de la noche, son partidos seguidos. Si mucho se descansa al mediodía, pues solo se respira fútbol", cuenta Pablo Silva, administrador del Inder.

En las hojas de vida de los recocheros no hay pasos por la primera división, selecciones Colombia o el fútbol del exterior. Sí, por una que otra escuela de fútbol, por muchos equipos de barrios y por tantos peladeros que las rodillas ya casi ni aguantan tanto trote.

Los partidos comienzan a las 9:00 de la noche, y si llegan 40, son 20 contra 20. Nadie se queda sin jugar. Para hacerlo más bravo, y más recocha, no juegan en la portería grande, lo hacen en las de micro, las banquitas, esas en las que se tapa arrodillado. A las 11:00 se van las luces, la ciudad a descansar, el músculo no da más. Pero el balón siempre acompañará a la noche.