Histórico

La paz ardiente

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08 de mayo de 2010

Sexto domingo de Pascua

"Dijo Jesús: la paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde" . San Juan, cap. 14.

En épocas pasadas, era evidente y clara la diferencia entre guerra y paz. Cuando amenazaba el enemigo, los ejércitos marchaban al campo de batalla, dejando en soledad los hogares y sin semillas las tierras de sembradura.

Al renacer la paz, el mundo se transfiguraba. Volvían desde lejos los ausentes, madrugaban otra vez los arados a trabajar el surco y todos, vencedores y vencidos, maldecían de nuevo la guerra.

Hoy casi no alcanzamos a distinguir la guerra de la paz. Las confusas circunstancias de nuestro mundo construyen una paz ficticia, colmada de zozobras, de violencia y de muerte. Es la guerra fría, que quizás podría llamarse con más propiedad, una paz ardiente.

Jesús, después de su resurrección, saludaba a sus amigos deseándoles la paz. Porque la paz es un regalo de Dios. Solamente Él puede darnos esa serenidad que nace de la aceptación amorosa del prójimo, con sus capacidades, sus limitaciones y sus circunstancias.

El mundo, entendiendo por mundo las cosas que no llevan a Dios, no puede dar la paz. No la da el dinero, ni las leyes que no promueven al hombre, no la da la fuerza de unos grupos contra otros grupos. La paz viene de Dios, pero el Señor trabaja sobre esa larga educación para la paz, que comienza en la familia.

La familia nos enseña la paz cuando nos educa en la verdad. Nos la enseña cuando nos educa en la justicia, en un respeto al otro, que le deja vivir su propia vida, progresar y realizarse.

La familia nos enseña la paz, cuando nos hace capaces de cumplir a conciencia nuestros deberes y no sólo de reclamar nuestros derechos. Nos la enseña cuando nos capacita para afrontar conflictos.

Una vida de familia, armoniosa y sincera, nos prepara frente a las dificultades, de tal modo que ellas no rompan nuestro equilibrio personal y comunitario.

Nuestra señora la Virgen María ha sido invocada tradicionalmente como Madre y Reina de la paz.

Lo expresó Paulo VI: "Al hombre contemporáneo la Virgen María ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora: la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea, de la vida sobre la muerte".

A Ella, presente de tantas y tan variadas maneras en nuestra vida de cristianos, encomendemos la construcción de una paz sólida y amable que a todos nos cobije.


(Publicada el 11 de mayo de 1980)