La pena de la panela
Me escribieron en varias oportunidades para que expusiera mi punto de vista en esta columna sobre mi percepción de la panela y su consumo en Colombia. No puedo negar que mi opinión tardó porque es sesgada. De la panela sólo tengo una palabra para describir lo que ha sucedido en nuestro país por parte sobretodo de los llamados restauradores y hoteleros de alto costo: infamia. No puede ser posible que un producto como la panela viva en el ostracismo de las cocinas caras. Qué les hizo? Por qué fue proscrita? Quién la condenó al destierro de los restaurantes populares.
Según Fedepanela, la producción a nivel nacional es llevada a cabo en 27 departamentos de los cuales 14 tienen estructuras gremiales que cuentan con 250.000 hectáreas de caña, 70.000 unidades productivas, 19.000 trapiches y 300.000 familias que derivan su sustento de esta actividad. Entre los principales minerales que contiene la panela figuran: el Calcio, Potasio, Magnesio, Cobre, Hierro y Fósforo, como también trazas de flúor y Selenio. ¿Me van a decir que nutre mejor un té frío comercial?
Las zonas geográficas donde se concentra el 60% de la producción de panela en Colombia son los departamentos de Santander, Boyacá, Cundinamarca y Antioquia. Cuando como ciudadanos de una nación seamos conscientes de que la base de la economía de nuestros pueblos se debe fortalecer desde el campo, con seguridad posicionaremos la panela y mejoraremos las condiciones de vida de los campesinos más dulces de nuestro país.
Ya quisieran los franceses, japoneses o alemanes tener panela en su alacena como producto típico. Desde niño la vi cortar, la metí a moler, la vi llorar su guarapo, la olí quemarse como bagazo en los hornos del trapiche de mi tío Gabriel. Pero mi recuerdo quedó perpetuo en su espuma de caramelo, en el ámbar de su color, en el dulce olor que escapaba por las paredes del trapiche con su vapor. La oscuridad de la noche o la fría mañana han sido testigos del amor que nos depara la miel de la preciada caña. Adelante, sin verecundia, mercaderes de tés preservados, sigan, no paren, grandes restauradores, adiestrados en París o Barcelona, de buscar la felicidad en lo inapropiado por debajo de la lona. Si quieren visitar al galeno, sigan creyendo que lo extranjero es lo que sabe a bueno.