LAS CIUDADES Y EL CAMPO
En estos días algunos comentaristas han puesto sobre el tapete el dilema ciudad-campo. A este, además del viejo problema agrario, tan de boga en estos días, se le agrega el ambiental.
Este no es un asunto nuevo. De tiempo atrás muchos analistas han visto, frente a la problemática que se vive en las zonas rurales y a la falta de dinamismo y la pérdida de importancia de las actividades agropecuarias en el desarrollo de los países, que una de las salidas a dicha problemática es impulsar el desarrollo de las ciudades al tiempo que estimular, desde las políticas públicas, la migración de las gentes del campo.
A esto se contrapone la posición de algunos países desarrollados, especialmente europeos, que han establecido una serie de subsidios y apoyos a los pobladores de las zonas rurales para que permanezcan en dichos territorios para que les provean a las ciudades productos agropecuarios y, quizás de mayor importancia, servicios ambientales que se traducen en mayor bienestar para los habitantes de las ciudades.
Es claro que las problemáticas de los países en desarrollo, como Colombia, difieren, en estos asuntos, de las de los desarrollados y que en nuestras naciones es fiscalmente imposible adoptar políticas similares a las que se tienen en aquellos otros países.
A esto se le agrega que las ciudades del tercer mundo no tienen la dinámica necesaria para absorber, de manera productiva, a las personas que conforman el alto flujo de migración rural.
Esto conduce a la creación de los cinturones de miseria y las economías del semáforo que son un medio, bastante precario y poco digno, de supervivencia de muchas de estas personas.
Por tanto, es necesario encontrar un equilibrio entre las políticas que promueven, en sentido amplio, el desarrollo del campo con las políticas que impulsan el desbordante desarrollo de las ciudades. Esto permite que, sin pretender crear, en la era de la globalización y del conocimiento, el paradisíaco medio rural, sí se dé un proceso más armónico y virtuoso de migración hacia las ciudades. Esto no quita que las políticas rurales creen condiciones dignas para que los habitantes del campo tengan, como opción de vida, la posibilidad de permanecer en este medio, opción que no debe ser vista como un retroceso en el desarrollo personal ni social.
Aunque hoy en día tampoco cabe el llamado a considerar el campo como el medio a través del cual se alcanza el futuro de un país, sí es importante entender que el desarrollo de las ciudades y los países no se puede concebir sin un desarrollo vigoroso y sostenible de los sectores rural y agropecuario.
Cada vez está más claro que la producción de alimentos y la conservación y el manejo del medio ambiente y, especialmente, del suelo y del agua, constituyen elementos estratégicos del desarrollo futuro de la humanidad.
Por ello, el dilema ciudad-campo es un falso y trasnochado debate.
Las energías intelectuales deberían, más bien, dirigirse a generar propuestas más constructivas y valiosas para el desarrollo del país.