Las parábolas del lago
Décimo quinto domingo ordinario
" Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. La gente se quedó de pie en la orilla. Y les habló mucho rato en parábolas ". San Mateo, cap. 13.
San Mateo nos entrega en este capítulo siete parábolas de Cristo. La parábola es una comparación, tomada de la vida ordinaria, con la cual se da un mensaje generalmente religioso.
El Señor explicaba así su plan de salvación. Salió el sembrador a sembrar... El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo...; se parece a un grano de mostaza...; es semejante a la levadura que tomó una mujer...; o a un tesoro escondido...: a un mercader que anda buscando perlas finas?; es como una red que recoge toda clase de peces...
Jesús habla probablemente en una de las pequeñas bahías del Lago de Genesaret, cerca a Cafarnaúm. La serenidad del agua, la limpieza del cielo, la paz que refleja el paisaje, todo se presta para predicar al aire libre. El Maestro está sentado en la barca, a pocos metros de la playa donde se agolpa el auditorio.
Este era el sitio donde Jesús se reunía frecuentemente con sus discípulos, para dialogar con ellos en paz, libre del amontonamiento de las ciudades, lejos de la gritería de los mercaderes. Del ladrar de los perros y de la vigilancia de los fariseos.
La parábola evangélica se diferencia de la fábula porque conserva siempre una admirable sencillez y nunca pone animales en escena. Sin embargo, este género parabólico no es original del Maestro.
Era ya muy usado por judíos y griegos. Sin citar a Salomón, muchos autores del Antiguo Testamento supieron emplearlo con maestría. Aún en tiempo de Cristo muchas parábolas brotaban en la escuela rabínica.
Su lenguaje figurado gusta a la imaginación, mueve los sentimientos y ayuda a la memoria a grabar el mensaje.
Sin embargo nosotros, olvidándonos del método del Maestro, nos refugiamos para transmitir su mensaje en una teología árida y abstracta, cuando no caemos en un realismo sin alma.
Lo cual podría reflejarse en nuestra vida: no pasamos de una teoría estéril o nos quedamos en la vulgaridad. Queda una vía intermedia: hacer de nuestra vida una parábola, sencilla, transparente, motivadora.
Alguno pudiera escribirla de este modo: había una vez un hombre, capaz de sorprenderse ante las cosas más sencillas, ansioso por vivir en comunidad, desvelado por conocerse a sí mismo. Ambicionaba el fuego de los dioses, pero más que todo soñaba con vivir eternamente. Podría crear utensilios, promesas, proyectos y argumentaciones. Su grandeza radicaba en que sabía amar y conocía su propio pensamiento. Pero sobre todo esto, aunque sonara extraño, era un hijo de Dios...
(Publicado el 12 de julio de 1981).
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